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miércoles, 19 de junio de 2013

¿Sobrevivirá a su embrollo?

Ricardo Escalante
Las revueltas sociales son cíclicas, sin que haya un país exento de su amenaza. Ocurren en cualquier parte y cuando nadie las imagina, con consecuencias a veces dolorosas en términos de vidas.  Dramáticos ejemplos son los de la Primavera  Árabe, que comenzaron en Túnez en el 2010 y dieron al traste con dictaduras como la de Mubarak en Egipto.
 Desde hace un tiempo se ha venido hablando de una menor velocidad de crecimiento económico de Brasil, aunque el gobierno de Dilma Rouseff se esmera en edulcorar la situación con frases demagógicas.  Ella pretende negar la existencia de un hecho real, tangible: El descontento causado por políticas oficiales, y no solo por el aumento de las tarifas del transporte público.
El Producto Interno Bruto del gigante suramericano creció apenas 0,6 por ciento en el primer trimestre del año y la inflación se aceleró, llegando a 6,5 por ciento, el límite superior del rango estimado por el Banco Central para los últimos 12 meses. Y aunque ciertos especialistas auguran una recuperación industrial para 2014, la cosa no es como para creer que esos dolores de cabeza se aliviarán con aspirina.

Los españoles parecieran estar acostumbrándose a salir a la calle de manera recurrente por las elevadas tasas de desempleo, inflación y otras complicaciones, mientras el lúgubre Mariano Rajoy mira el techo, se rasca la barba e intenta ocultar la corrupción de su partido. Los problemas de España son estructurales, y tienen incluso el componente moral que carcome a la familia real.
Las explosiones sociales no se pueden ignorar, se extienden como el fuego y a veces se contienen solo con el derrocamiento de gobiernos y líderes autoritarios.  Los ejemplos son interminables y demuestran que políticos primitivos, como el venezolano Nicolás Maduro, solo sobreviven por vía de excepción. La fuerza bruta termina por actuar contra ellos mismos.
El mayo francés (1968) se hizo inolvidable por la magnitud que alcanzó. Charles de Gaulle no fue defenestrado porque quienes asumieron el liderazgo de las manifestaciones no tenían ese propósito, pero las circunstancias obligaron a la convocatoria de elecciones anticipadas.
Checoslovaquia y Polonia experimentaron los estallidos sociales harto conocidas, a pesar de la represión brutal de los regímenes comunistas que entonces imperaban. Los cambios fueron inevitables. ¿Y qué pasó con el cruel Nicolae Ceaușescu y su mujer? Ahh, muy sencillo: Los rumanos se hartaron y los ejecutaron luego de un juicio sumarísimo.
La historia universal está llena de casos como esos, en los cuales los ilegítimos, los arbitrarios, siempre terminan mal.  Por eso, a Nicolás Maduro debemos recomendarle que ponga los bigotes en remojo. Los sacudones se contagian y pasan factura.