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jueves, 2 de julio de 2015

Pedro Llorens

Ricardo Escalante
Pedro Llorens ya no será el ejemplo vivo para nuevos periodistas, pero no será olvidado porque muchos vieron sus actuaciones y aprendieron algo esencial: El periodismo desafía al poder y significa abandono de ambiciones individuales.

Claro, debemos admitir que hay quienes con desenfado buscan lo contrario: figuración, ascenso social, riqueza y compromisos con el establecimiento. Pedro era distinto porque había tenido la enseñanza de su padre, el filósofo Rodolfo Llorens, y de ese ilustre forjador de ciudadanos don Pedro Grases. Se había labrado quimeras en esa izquierda de los años 60 que con sus bandazos y torceduras decepcionó a tantos, ante a la cual marcó distancias sin abjurar a sus principios.

En la búsqueda constante no se sentía dueño de la verdad absoluta. No era un apóstata. Entendía el periodismo como el instrumento indispensable para combatir injusticias: Denunciaba abusos policiales, irregularidades públicas y privadas, estafas a la moral y a los derechos colectivos.  Todo con ecuanimidad y sustento, sin ser uno de esos denunciadores de oficio a quienes siempre se les ve la manga. Más allá de su columna estaba la lucha interna en el periódico.

Una de sus premisas era (como debe ser) la desconfianza ante la primera versión oficial, hasta hurgar y llegar a la verdad. Sabía que el poder -sobre todo en autocracias y en el militarismo- tiende a torcer los hechos y que el periodista
está obligado a ser honesto al investigar en cualquier terreno, con equilibrio. Por eso reclamaba el acceso amplio a todas las fuentes posibles y a los reporteros les exigía la verificación y el contraste de la información.

Esa práctica es la que, por supuesto, ha dado grandeza a otros periodistas y medios en distintas partes del mundo. Por eso, Ben Bradlee se transformó en una catedral del periodismo en aquella terrible lucha frente al gobierno corrupto de Richard Nixon en Estados Unidos, e inspiró la autoridad sin precedentes de The Washington Post en el mundo de los medios. Defendió a capa y espada a sus reporteros, que terminaron por defenestrar a ese poderoso Presidente que en la calle llamaban “tricky Dicky”, lo que en pocas palabras quería decir “Nixon tracalero”.  Por eso, aunque Pedro Llorens ya no exista el desafío periodístico tendrá que continuar.

Nota: artículo publicado por El Universal el 2-7-2015

viernes, 26 de junio de 2015

Así era Pedro Llorens

Ricardo Escalante
Pedro Llorens en la redacción de El Universal
En esa vida nada misteriosa y rica en variadas experiencias de los periódicos, hay personajes que destilan frases unas veces sutiles, otras mordaces, con títulos directos a los ojos y al corazón de los lectores. Y no es exagerado decir que ellos tienen el privilegio de influir en la opinión pública con modestia y sentido de responsabilidad, tal como Pedro Llorens lo hizo por más de cinco décadas.

Llorens era eso, un inagotable trabajador intelectual, honesto a toda prueba, con olfato especial para llegar a la noticia y calibrar de antemano el potencial de sus consecuencias. Un ciudadano que cumplía de manera ejemplar sus responsabilidades y contribuía sin jactancias a la formación de nuevas generaciones de reporteros. Contrariamente a la esencia de la profesión, se dejaba empujar por la timidez para rechazar la posibilidad de su propia exposición al público.

Lo conocí a comienzos de 1973 en El Universal, cuando yo venía de Panorama.  Así nos hicimos amigos. La mayoría de las veces teníamos enfoques coincidentes aunque, por supuesto, también discrepábamos. Era un huraño devorador de libros, ubicado en el campo ideológico de la izquierda aunque amplio, ácido reconocedor del error de aquellos compañeros de generación que participaron en la aventura guerrillera de los años 60 y 70. De igual manera objetaba hasta por razones ancestrales los extremismos de derecha, porque su padre, el filósofo y escritor Rodolfo Llorens, había sufrido en pellejo propio los atropellos que lo lanzaron al exilio al finalizar la guerra civil española.  Así llegó el catalán Pedro Llorens a Caracas cuando apenas rondaba los cinco años.

Con Ramón J. Velásquez en el despacho presidencial de Miraflores
A esa temprana edad y luego en la adolescencia escuchó las sabias conversaciones de don Pedro Grases, otro ilustre desterrado que llegó para siempre con sus aportes excepcionales a la vida universitaria y cultural de Venezuela. Grases y Rodolfo Llorens compartían las inquietudes intelectuales que enrumbaron a Pedro Llorens.

Era un periodista completo, que durante más de 30 años se movió con soltura en la redacción de El Universal y después en El Nacional, porque no se le escapaba ningún detalle. Examinaba con lupa cuanto pasaba por su mesa y por sus manos, incluso esas notas anodinas que de antemano estaban condenadas al cesto de la basura.

En las casi dos décadas en que trabajamos juntos en El Universal, en muchas ocasiones fuimos testigos de acontecimientos que nos ponían en carreras y nos trasnochaban y, por qué no decirlo, tampoco faltaron hechos que nos dejaron el sabor amargo de no haberlos aireado en público de manera suficiente. Era un profesional a dedicación exclusiva del periódico, hasta el día en que el insondable y complicado Andrés Mata tuvo la ocurrencia de darle una patada porque olía al ex director Luis Teófilo Núñez Arismendi, en cuya época los trabajadores recibíamos magnífico trato y mejores salarios.

Con exquisita fibra humana, en ese momento Pedro desoyó el consejo de un amigo abogado que le sugirió plantear en tribunales los reclamos insatisfechos de  tantos años que había dejado atrás y que ya no volverían. Para Llorens el dinero no significaba nada y la dignidad lo valía todo, tanto como sus pocos y escogidos amigos. Luego coincidimos en El Nacional y nuestros vínculos siguieron imperecederos.

Después de una dura jornada, muchas veces recalábamos en bares buenos y malos, con César Messori, Olmedo Lugo, Leopoldo Linares, Omar Pérez y otros, para regresar más tarde con sudores fríos, dolores de cabeza y el tufo levantisco que aplacábamos con dos cervezas a la hora del almuerzo. “Compadre, esta noche chocaremos otra vez los cristales”, le decía Olmedo a manera de desafío. Llorens levantaba la cabeza, lo miraba, encendía un cigarrillo y a secas replicaba: “¡Trabaja, coño, trabaja!”.  Pedro fue por décadas un empedernido fumador de tres cajetillas por día, a conciencia de las secuelas que un mal día comenzarían a pasarle factura.

Su columna dominical La mosca en la oreja, en El Nacional, ya no nos deleitará más.  Hablé con él por última vez hace algunas semanas y fue, lo confieso, un largo diálogo entrecortado, cargado de emociones, de reiteración de afectos, de nostalgias e incluso de contrariedades. Con dolor me habló del país que ya no es, así como de los cinco libros de Leonardo Padura que había leído y por qué El hombre que amaba a los perros y Herejes, lo cautivaron. Con voz cansada todavía se refirió a Cercas, a Los soldados de Salamina y a El impostor. Ahora no está. En el instante aciago soy solidario con mi buena amiga Myriam, su esposa, y con su hijo Ernesto. Y no es una metáfora: suelto una lágrima por mi entrañable Pedro.

miércoles, 3 de junio de 2015

Bla, bla, Blatter…


Ricardo Escalante
Todo el mundo lo sabía. Blatter no porque, como los ángeles, su vuelo es celestial y nunca le llegaban los malos olores terrenales provenientes de la FIFA. Por eso él todavía proclama su lucha para poner fin a cualquier desaguisado. Blatter sabe de política y actúa como político.

Hoy solo cabe preguntarse cuándo el reelegido Blatter caerá como mango maduro, porque ya se sabe que los apresamientos ocurridos en Suiza son apenas la consecuencia de investigaciones aún en etapa preliminar. ¿Qué pasará cuando los detenidos empiecen a colaborar con la justicia de Estados Unidos? Pués elemental “mi querido Watson”: ellos gorjearán como pajarito en primavera hasta que… ¡Cataplum!  Renunció al cargo cuatro días después de su apabullante reelección porque siente que el FBI ya le pisa los talones y que no podrá escapar.
Nadie abriga dudas sobre la forma en que se batió el cobre a la hora de asignar las sedes de los campeonatos de Rusia y Qatar. Por eso Putin se adelantó a descalificar a Estados Unidos y a la justicia norteamericana, porque entiende el fútbol y la política de la misma manera. Usa el fútbol para apartar a los rusos del desastre que los aqueja. Y aquí otra vez: “elemental mi querido Watson”…
Todos vimos a Blatter complacido, feliz a la hora de su reelección al frente de ese ente “no lucrativo”. Buena cara, gran actor. El problema, claro está, es qué va a pasar con la FIFA y con todas esas federaciones que votaron por él: ¿se podrán depurar?  Ahí la cosa no estará fácil para “mi querido Watson” nada inglés, porque en la FIFA nadie fiscaliza las actividades de sus directivos y el entramado de intereses se mezcla con la política de muchos países.
Lo que sí está claro es la inconveniencia de todas las reelecciones porque ellas acarrean males difíciles de curar. Surgen vicios y corruptelas que se enquistan. La gravedad en este caso viene dada, además, por el desencanto que las prácticas inmorales causará en esos niños pobres de todo el mundo que descalzos patean balones de trapo con el sueño de llegar a ser astros del fútbol.
Una posibilidad es que después de todo la FIFA termine por vender el sofá y todo siga igual, porque la mayoría de las delegaciones defendieron a Blatter con sus votos. Ahh, y ahora me explico el elogioso discurso de Blatter sobre las cualidades del equipo venezolano que compitió en la Copa América y sus insinuaciones de que eso era fruto de políticas de Estado. Lucía feliz al lado de Hugo Chávez, ese despilfarrador de los recursos que hacía y deshacía a su antojo.  ¿Cuánto le costaría eso al Erario venezolano?

jueves, 21 de mayo de 2015

Dilma la enigmática

Ricardo Escalante

Con su apellido búlgaro Rousseff y a sus 68 años, Dilma es una mujer de encantos y enigmas. Un personaje admirable y censurable a la vez, que con carácter fuerte ha llevado una vida de montaña rusa, con ascensos lentos y descensos vertiginosos.
Desde temprano afloró su debilidad por los asuntos que a todos interesaban y se formó para eso, para dirigir y colocarse en el centro de la polémica. Siempre le interesó la lectura y estudió música. Es culta. Fue a escuelas para niñas de clase media alta y pronto se dejó llevar por devaneos marxistas, pero ha tenido tacto para no arrojar el gigante brasileño por abismos totalitarios ni para declararse presidenta ad infinitum. No. Tolera la disidencia a pesar de su piel sensible a los cuestionamientos. Practica el pluralismo a pesar de haber aprendido a conspirar, manejar un fusil y fabricar bombas.
Cuando su médico le informó que estaba afectada por cáncer linfático y debía someterse a un tratamiento riguroso, escuchó sin mover un solo músculo del rostro, para luego exclamar “¡La vida nunca ha sido fácil!”, frase ilustrativa de una personalidad recia, siempre preparada para lo peor.
Dos matrimonios, dos divorcios, una hija. Aunque se conserva bien y el poder le otorga un aura especial, no se le conocen amoríos. Cuida su vida privada, aunque las consecuencias de su vida pública disten de ser color de rosa.  No otorga magia a lo que toca. A juzgar por los resultados, la formación económica le ha servido poco: Encabezó a Petrobras y de chiripa se libró de ser enjuiciada; en sus dos mandatos presidenciales ha hecho de Brasil un desastre. Los tiempos de desarrollo sostenido, con gobiernos honestos, como en la época de Fernando Henrique Cardoso, quedaron atrás.
El desastre ha sido reconocido hasta por su ministro de Hacienda, el liberal Joaquim Levy, quien con guante de seda ha dicho que la presidenta tiene un genuino deseo de arreglar las cosas, aunque no de manera fácil y efectiva.
Dilma ascendió a la cúspide al influjo del demagogo Lula Da Silva, que ahora desliza su descontento porque ella no se dejó tutelar. Lula siempre fue admirador de antidemócratas como Hugo Chávez y favorecedor de los intereses de la empresa Odebrech, Dilma no. Ella tiene el mérito de reclamar la excarcelación de presos políticos en Venezuela y el respeto a la libertad de prensa. ¡Esa es Dilma!

Wako

Ricardo Escalante
Hace menos de una semana la tranquila Wako, a medio camino entre Dallas y Austin, en Texas, fue escenario del salvajismo de patotas de motorizados que trataban de resolver sus rivalidades a la manera de las películas de vaqueros del Lejano Oeste, a balazos. Es una grave noticia con aspectos dignos de reflexión.
El enfrentamiento dejó nueve muertos y 18 heridos en aquella ciudad de nombre extraño que en sus orígenes significaba “hueco”, recordada también porque en sus inmediaciones un atolondrado que se creía Dios montó una fortaleza, compró montones de equipos bélicos, desafió el poder del Estado y llevó a la muerte a 69 adultos y 17 niños en abril de 1993.
En ambos casos las armas habían sido compradas de manera legal porque existen disposiciones laxas, elaboradas con el criterio de que los derechos individuales deben respetarse con la mayor amplitud posible, es decir, con el concepto de la National Rifle Association y su magnifica capacidad de lobby. Es una libertad que ha conducido a innumerables atrocidades en una nación de cosas buenas y malas.
El centenar de patoteros amantes de Hayley Davidson de elevada cilindrada y ruido atronador, chalecos de cuero con emblemas y frases amenazantes, pelo y barba largos y cabezas forradas con pañuelos, montó su espectáculo malsano en el preciso instante en que los legisladores texanos discuten una ley para permitir a los ciudadanos el libre porte de armas de fuego. Dentro de poco los estudiantes universitarios podrían llevarlas consigo a las aulas.
Esos legisladores, sin embargo, no se han preguntado si estarán convirtiendo en temerarias las objeciones de un profesor al rendimiento de un estudiante que asistido por la ley se presente, revólver al cinto, a reclamar sus “derechos”. Se pretende arraigar más esa sociedad texana en la cual quienes no estén armados deben moverse con cautela, como si fueran delincuentes, porque un loco se les puede atravesar en cualquier esquina.
Aquel Koresh que después de proclamar la monogamia como única forma de vida había pasado a declarar su derecho a 160 esposas, en el 93 protagonizó un enfrentamiento de 50 días con el FBI, mientras los patoteros de ahora lo hicieron entre ellos pero al final de cuentas también demostraron su alucinamiento y potencial destructivo.
Claro, eso ocurre en Estados Unidos, donde existe la  más absoluta libertad de pensamiento y de prensa, donde los problemas se debaten de manera abierta, hay separación plena de poderes y los presidentes no son ni pueden ser dueños de la verdad absoluta. Distinta es la cosa en regímenes autoritarios como el de Venezuela, donde Maduro y su socio Diosdado Cabello son reyezuelos respaldantes de bandas de hampones que, armadas hasta las muelas, intimidan a la población e incurren en asaltos, asesinatos y cualquier otra clase de abusos. Los delincuentes están incrustados en Miraflores y en el tope de la Asamblea Nacional.

miércoles, 29 de abril de 2015

Algo más importante que la popularidad presidencial

La fundadora y directora de Latinobarómetro, Marta Lagos, husmea en la flaqueza de las encuestas políticas.  En Venezuela hay una tremenda espiral de silencio.
Ricardo Escalante

Después de haber seguido por años el curso de los acontecimientos en América Latina, la conocida encuestadora chilena Marta Lagos asegura que a pesar de todas sus deficiencias, la democracia llegó a la región para quedarse. Ahora ni siquiera los dictadores quieren ser vistos como tales.

Con un discurso rápido que frena las interrupciones usuales de un periodista, ella por momentos formula tesis poco fáciles de digerir y de aceptar sobre el comportamiento de la opinión pública. Así, por ejemplo, no ve el desplome de la popularidad de un presidente como desencadenante de grandes cambios políticos. Prefiere apuntar en otras direcciones.

La entrevista con la fundadora de Latinobarómetro resulta impersonal, a distancia, sin vernos las caras. Eso, por supuesto, limita la percepción de detalles que podrían hablar más que las palabras. No se puede saber si ríe o arruga la cara, cómo viste o se sienta.  Le propuse franquear la distancia a través de Skype pero lo rechazó sin explicaciones. Apenas exclamó: “¡Por teléfono!” Después de una llamada de 30 ó 40 minutos le solicité algunas fotos suyas de alta resolución para el periódico y, otra vez, dijo “¡No!”

Graduada en economía en la universidad de Heidelberg, en Alemania, también ha tenido algo que ver con centros académicos norteamericanos. Su empresa, con sede en Chile, financiada por gobiernos europeos y organizaciones internacionales, anualmente realiza un estudio de opinión pública en 18 países del Continente, con variables políticas, económicas y sociales. El correspondiente a 2015 será publicado en junio en Buenos Aires.

-Las encuestas en América Latina se han prostituido porque son utilizadas como instrumentos de campaña…
-Eso es muy conocido. Ha sido así y tiene relación con una baja en el desarrollo de la política.  Las encuestas en América Latina son utilizadas como instrumentos de la política y no como instrumentos para la política.

-Hay empresas que se prestan para eso, que ofrecen resultados a satisfacción de quien paga…
-Hubo una época en que las encuestas acertaban. Ahora, en esta parte, en la última ola electoral han dejado de acertar debido a la atomización de partidos y a la dispersión del voto.  Cuando hay 16 candidatos, partidos nuevos o abstención, las encuestas dejan de tener precisión. En los 40 ó 50 años siguientes a la guerra, las encuestas en Europa eran precisas al anticipar resultados electorales, pero a partir de los años 80 eso dejó de ser así, cuando surgieron los movimientos verdes y de extrema derecha, porque las encuestas no son buenas para medir grandes procesos de cambio.

-Hay sobre expectativa con relación a lo que pueden hacer las encuestas, además de la calidad de las mismas. La política invierte en encuestas que no son robustas, que carecen de muestras grandes, de metodología cara, lo que implica invertir en personal calificado, entrenamiento, número de entrevistas, etc.  Cito un caso: Chile, donde hacer sondeos de calidad requiere muestras de no menos de 4 mil entrevistas.  Si continuamos con encuestas como en el pasado, con mil casos, cuando el voto era obligatorio, pues no es posible medir nuevas realidades en las cuales 60 por ciento de la gente no vota.

-Usted habló de márgenes de error causados por la atomización, pero en el caso venezolano eso no ocurre. Hay polarización, a pesar de lo cual las encuestas se equivocan…
-No conozco el problema de Venezuela. Viendo las cosas desde el exterior se puede decir que en ese país hay una alta espiral de silencio. Quienes apoyan a la minoría no manifiestan su intención de voto. Hay quienes quieren apoyar a la oposición pero no se atreven a decirlo porque hay gente que ha ido a la cárcel, etc. Eso distorsiona las encuestas y hace muy difícil obtener resultados precisos.  Hay metodología para desentrañar la tendencia de los que no responden, pero es cara y lenta. Es lo que los encuestadores latinoamericanos no utilizan.

-La espiral de silencio en Venezuela es tremenda. Percibí eso cuando fui a Caracas como particular a observar la última elección de Chávez y luego la de Maduro. He sido observadora de unas 30 elecciones y uno tiene una metodología para determinar hechos.  Esas dos elecciones venezolanas fueron de competencia restringida, con libertades limitadas y desbalance tremendo. Estábamos en presencia de un proceso que pretendía ser una cosa indicativa, que tenía por lo menos una máscara.

-¿Para quiénes trabajan ustedes en Venezuela?
-Para nadie. Cada año contratamos una empresa distinta que hace los trabajos de campo. Les fijamos las condiciones metodológicas y después revisamos los materiales.  Cambiamos empresas para evitar sesgos. Eso permite resultados robustos. El trabajo de campo de este año se hizo entre el 15 de enero y el 15 de febrero. Ahora estamos limpiando la base de datos y vamos a comenzar el procesamiento.  Los resultados serán publicados en junio.

-Seis meses son un largo tiempo. La opinión pública siempre es volátil y puede tener cambios en períodos breves, lo que hace suponer que cuando se publique ya no reflejará la realidad…
-No estoy de acuerdo con esa afirmación.  La opinión pública va, efectivamente, con los acontecimientos, pero en cada país hay una estabilidad bastante congruente con lo que sucede. La volatilidad no es una cosa negativa que invalida los resultados, porque en el fondo muestra la relación entre el acontecimiento y la opinión pública, que es lo que interesa al final de cuentas.

-¿Cómo evalúa el caso chileno?
-Sobre eso sabemos más porque vivimos aquí en Chile. Diría que aquí no hay sorpresas. Desde hace mucho rato los datos vienen diciendo lo que iba a suceder.

-¿Quiere decir que se había previsto el desplome brutal de la popularidad de la señora Bachelet?
-Usted habla en términos coyunturales. Lo interesante no es la popularidad del Presidente, sino qué congruencia tiene esto con la opinión pública. Durante muchos años se ha dicho que los latinoamericanos no tenían confianza ni en las instituciones ni en la élite. Y esa ausencia de confianza –ningún país se salva- viene a concretarse con un acontecimiento político como el referido. Ahora, que la Presidenta pierda 10 ó 15 puntos es apenas una anécdota, porque aquí lo que hay es un cuestionamiento hacia quienes tienen el poder y eso incluye no solo a la Presidenta, sino a toda la clase política: a los senadores y diputados, a los dirigentes gremiales, a los empresarios y a los sindicalistas, a los medios de comunicación.

-Yo discrepo. No creo que la pérdida de popularidad de un Presidente sea irrelevante.
-Es una anécdota. Si uno mira lo que le ocurre a Dilma Rouseff en Brasil, que ha caído a 10 ó 15 por ciento, tenemos que recordar al Presidente Toledo en Perú, que llegó a 4 por ciento y no pasó nada.

-En Venezuela eso no ha sido así.  Hubo un Presidente que llegó a 14 por ciento y terminó fuera del poder…
-Bueno, pero entonces estamos hablando de hace 30 años. Yo hablo de tiempos presentes. Ha habido muchos presidentes que han tenido 4 por ciento y no ha ocurrido nada, porque los pueblos latinoamericanos –incluyendo a Honduras, que es un gran ejemplo- no quieren dictaduras. Nadie quiere ser llamado dictador, ni siquiera los cubanos.  Los cubanos van saliendo de ahí, con lentitud pero saliendo. Apegarse a la democracia es fundamental y, por tanto, los golpes de Estado, si los hubiera, van a ser de un día. Hay una demanda brutal de democracia…

-En la región hay democracias frágiles y…
-Yo no las he calificado. Solo he dicho democracias. Las democracias son distintas vistas por sus pueblos. Hay una visión analítica del investigador y otra de los pueblos, que muchas veces son incongruentes. El estudio nuestro lo que muestra es la visión de los pueblos sobre la democracia, no la visión de la élite. La visión de la élite está súper documentada.

Hillary

Ricardo Escalante 
Nunca en Estados Unidos una mujer ha estado tan cerca de la jefatura del Estado como Hillary Clinton, hecho demostrativo no solo de sus ambiciones y preparación, sino también augurio de avances positivos en las relaciones entre América Latina y la nación más poderosa del Planeta.


Buenos augurios porque además de suceder al primer Presidente negro, con ella se profundizaría el acercamiento de Estados Unidos a Cuba y el inevitable ablandamiento de los oxidados resortes dictatoriales de los Castro. Como Secretaria de Estado y aún antes, ella logró una discreta pero constante comunicación con los gobiernos de la región.
Eso que suena vacuo es relevante ahora cuando del lado republicano se escuchan discursos parecidos a aquellos de la época del gran garrote: Jeb Bush, Marco Rubio y Ted Cruz, quieren halagar a los votantes de habla española al tiempo que recuerdan a los testarudos John Foster Dulles y Joseph McCarthy con sus sanciones, sin saber que en América Latina se quiere algo distinto.

Hillary demostró incluso habilidad para conservar el precario equilibrio matrimonial cuando su marido sucumbió a la tentación incompleta de la entonces bella gordita Mónica Lewinsky. En un explicable arranque de ira, la entonces primera dama le causó una pequeña herida en la cabeza con un libro al Bill infiel, pero sin ir más allá para satisfacer los deseos de una sociedad pacata. ¿Dónde estaría ella si se hubiese divorciado?
 Hillary es, sin lugar a dudas, inteligente y ha desarrollado una intensa actividad política. Con experiencia y audacia supo ayudar al éxito de los períodos presidenciales de Bill Clinton, en los cuales la economía norteamericana avanzó de manera sostenida y sosegada. Sin aspavientos. Bill Clinton es el mismo líder una vez dejó absorto a García Márquez durante una cena al demostrar que además de haber leído El sonido y la furia y otras cosas de Faulkner, conocía en detalles la obra de Cervantes, la Carlos Fuentes y, por supuesto, la del propio Gabo. Nada hace dudar que el ex Presidente sería el mejor de los consejeros de su esposa en la Casa Blanca.
Claro, nada de eso amarra el futuro con una magnífica cosecha de realidades, pero son buenos augurios en instantes en que las presidencias femeninas de Brasil, Argentina y Chile, hacen aguas en los mares de la corrupción, y cuando Keiko Fujimori en Perú y la bella Zury Ríos, en Guatemala, asoman candidaturas de malos olores.

miércoles, 22 de abril de 2015

De cómo obtener el PhD con un clarinete bajo el brazo















El éxito de un ingeniero industrial venezolano que desde niño se interesó por las orquestas dirige la Filarmónica Latinoamericana de Houston y el departamento de estudios musicales de la Universidad de Santo Tomás.
Ricardo Escalante

Al nacer hace 50 años en Maracaibo, Glenn Garrido traía su predisposición musical. Creció y obtuvo el título de ingeniero industrial en la Universidad del Zulia pero nunca ejerció como tal, sino que continuó los estudios en Estados Unidos hasta lograr un PhD en lo que siempre le había gustado, la música, y ahora dirige la Orquesta Filarmónica Latinoamericana (FL) de Houston y el departamento de música de la Universidad Santo Tomás.

Como a muchos otros en aquella calurosa ciudad venezolana, el padre optó por ponerle un nombre excéntrico: Glenn, exactamente como uno de los más grandes directores de bandas de todos los tiempos, Glenn Miller. Gregorio, el padre, era trombonista como Miller y también uno de sus admiradores, además de propietario de Garrido y sus solistas, agrupación que muchas veces alternaba con Luis Alfonzo Larrain, la Billo´s Caracas Boys y Los Melódicos.

Después de haber dictado clases en varios centros de estudios superiores, Glenn llegó a ser jefe del departamento de estudios musicales de St. Thomas University. La FL, organización profesional de 52 músicos, ha logrado en apenas dos años una amplia reputación al haberse especializado en la interpretación de temas tradicionales y populares de distintos países de la región y las entradas para sus conciertos se agotan con rapidez.

En el 2014 la orquesta hizo homenajes a Billo Frómeta y a Simón Díaz, además de haber tenido al mexicano Tony Camargo con El Año Viejo en uno de los eventos celebrados en el Cullen Hall, en el centro de Houston. Con sus 88 años a cuestas, Camargo conserva intacto el tono de voz y recuerda innumerables anécdotas de los dos años que pasó en Caracas durante la época de Pérez Jiménez, cuando cantaba con la orquesta de Larrain. En el homenaje a Billo actuó como cantante Mary Frómeta, nieta del recordado artista, y los arreglos musicales para la ocasión estuvieron a cargo de Charly Frómeta.

Con Cheo García, Abreu y otros
Los primeros pasos de Glenn en la música fueron en Maracaibo con su padre, a cuya saga aprendió a tocar clarinete y piano.  Después trabajó 17 años con Gregorio Garrido en distintas bandas y orquestas. Desde los 9 años había tomado clases tanto particulares como en el Conservatorio de Maracaibo. Tuvo como maestros a Eduardo Rhan, Pepino Terencio, Jesús Ignacio Pérez Perazzo y al reconocido colombiano Blas Emilio Atehortúa, quien iba a Caracas a dictar clases en el Conservatorio Simón Bolívar, contratado por José Antonio Abreu cuando era ministro de cultura.
De niño había visto de cerca al popular Cheo García, que había trabajado y desarrollado una estrecha amistad con Gregorio Garrido. “Una vez mientras yo era adolescente la Billo´s fue a Maracaibo. Yo quería saludar a Cheo pero el vigilante no me dejaba pasar.  Tuve que rogarle que le transmitiera el mensaje de que un hijo de Garrido quería verlo, ante lo cual su reacción inmediata fue “déjelo pasar”. Ahí sostuvimos entonces una grata conversación que nunca olvido.

Luego fue el primer invitado de provincia en dirigir la Banda Marcial Caracas, a partir de lo cual recorrió el país con distintas organizaciones orquestales, lo que hizo que al egresar de la Universidad del Zulia ya tuviera un buen camino recorrido y se le facilitara la obtención de una beca de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho para cursar un master en dirección en New Hampshire University. El entonces ministro Abreu valoró sus méritos y lo ayudó.

Regresó al país, trabajó de nuevo en Maracaibo cerca de un año y consiguió otra beca completa de la Universidad de Florida, en Gainesville, para hacer el PHD en estudios musicales, con énfasis en dirección. De manera simultánea daba clases de clarinete y era director asistente de la orquesta universitaria, lo que contribuía al avance de sus conocimientos y al aumento de las relaciones en el mundo de la música académica.

Al graduarse en el año 2000 no solo pasó a ser el primer PHD venezolano en música, sino que se vinculó al Berry College en Georgia como coordinador de educación musical, cargo que desempeñó por 12 años, para ser después jefe del área de su especialidad en la universidad católica Santo Tomás, en Houston, y convertirse en fundador de la Filarmónica Latinoamericana.

Ahora, además del compromiso administrativo y de clases en la Universidad Santo Tomás, participa en la elaboración del cronograma de actividades de la orquesta para este año -que contempla una gira por Nueva York y Washington-, y avanza en los planes para 2016.

-¿Hay algo novedoso en las nuevas generaciones de músicos latinoamericanos?
-En América latina somos privilegiados. En cada gran ciudad hay una filarmónica y una banda.  En Argentina, Brasil y Colombia, además de Venezuela, hay orquestas juveniles que son estimuladas por el Estado y eso, por supuesto, contribuye a la expansión del conocimiento musical y cultural en general.  Nosotros acabamos de traer como invitada a la talentosa pianista argentina Lorena Eckell, que ha realizado giras importantes. La pianista venezolana Gabriela Montero goza de gran reputación en Europa, la directora mexicana Alondra de la Parra es excelente. El joven director argentino José Luis Cladera cuenta con una trayectoria admirable y tiene un proyecto digno de admiración: la Orquesta Nacional de Ciegos de Argentina.

-¿Orquesta de ciegos? ¿Cómo se puede dirigir?
-Sí. Cladera ha desarrollado una técnica especial para dirigirla.  Una vez me invitó a dirigirla y yo, por supuesto, no me sentía capacitado para eso.  Viajé una semana antes para aprender y estudiar tanto las técnicas como las obras y para entrar en contacto con los músicos principales.  Interpretamos Rapsodia en blue.  El director tiene que respirar de una manera más profunda de lo normal y dispone de un pequeño aparato que hace repicar una o dos veces. Tuve que ensayar mucho y me equivoqué. Les pedí que me perdonaran, pero en definitiva todo salió mejor de lo que esperaba.
Ese es Glenn Garrido, un venezolano que con esfuerzo ha saboreado aplausos. Es el menor de un hogar humilde con 7 hijos. Todos llegaron a ser doctores gracias al trombón de Gregorio y a Garrido y sus solistas.
@opinionricardo

domingo, 19 de abril de 2015

Una cimitarra

Ricardo Escalante

En julio de 1979 estaba yo en Bagdad cuando Sadam Hussein desplazó de la presidencia al viejo Ahmed Hasan Al-Bakr, para dar comienzo a un régimen arbitrario que se convirtió en pesadilla para su país, para el Medio Oriente y el mundo. Recorrer varias ciudades del Irak de contrastes fue una buena experiencia periodística, aunque desprovista de contactos con miembros del gobierno y menos de la aniquilada oposición.

El mismo Al-Bakr habló de las dolencias físicas como causa de su renuncia, pero círculos diplomáticos y algunos analistas ataban cabos y sostenían que el poder presidencial estaba disminuido. El verdadero hombre fuerte era el vicepresidente. No había decisión que escapara a sus designios.

En aquel viaje coincidí con Armando Durán, quien entonces estaba al frente de El Diario de Caracas. Ambos fuimos invitados por la embajada de Irak en Caracas a través de su entonces jefe de prensa, Nabil Naser, un sirio simpático que había tenido la oportunidad de cultivar la amistad de Hussein, además de declarado partidario de la fusión de su país con Irak.

Por imposición del autócrata, un año antes los partidos políticos habían sido proscritos, con excepción del oficialista Baaz, cuyo único propósito era servir de caja de resonancia al líder. Cada año la revolución gastaba petrodólares en actos programados para periodistas de todo el mundo, con la intención de proyectar su inexistente obra, en un ambiente cargado de la inestabilidad tanto interna como de la región.

Un día tres periodistas latinoamericanos quisimos observar el interior de algunas mezquitas adornadas de larga historia, incluyendo aquella en que el ayatolá Jomeini había oficiado en sus tiempos de exilado. Subimos a una azotea para ver el patio de una de ellas mientras transcurrían honras fúnebres en medio de las elevadas temperaturas de la época, pero la cosa se convirtió en apremio porque cimitarra en mano e insultos en árabe, alguien comenzó a perseguirnos.  En la carrera nos encontramos con un hueco de algo menos de metro y medio y unos 7 ó 10 metros de profundidad, que de manera inevitable tuvimos que saltar. Fui el último, obligado por la cercanía de aquel bárbaro enfurecido. Así, sin tener idea de lo que habíamos hecho mal, logramos regresar al hotel Agadir.

A partir de aquellas peripecias seguí con atención los delirios de grandeza, la carrera armamentista, las fallidas invasiones a Irán y Kuwait, la opresión y otras sinrazones del gobierno de ese trastornado que se llamó Sadam Hussein. Y como todo el mundo, un mal día también yo quedaría estupefacto al ver imágenes del “Comandante Supremo” mientras abrazaba y condecoraba a Sadam Hussein en nombre de Simón Bolívar y de los venezolanos.

jueves, 12 de marzo de 2015

Como el Hermano Mayor

Ricardo Escalante

Estaba en la secundaria cuando leí 1984. La adolescencia y el ambiente pueblerino de San Cristóbal me hacían pensar que todo en la novela era demasiado exagerado para que yo pudiera dibujar alguna conclusión útil, pero al releerla ahora admiro la enorme capacidad combativa de George Orwell y su poder para llamar a la reflexión.

Orwell en plena tarea periodística
Después de tantas décadas y de haber escuchado y visto tantos comentarios por aquí y por allá sobre el periodista británico -además de haber leído Rebelión en la granja y algunos reportajes-, regreso a este libro para zambullirme en el remolino de tormentos que desata a pesar de haber transcurrido tantos años desde que fue escrito al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la barbarie de unos pocos asfixiaba al mundo.

Cada libro forma opiniones y desata consecuencias según el lector, su entorno y su facultad crítica, y 1984 es uno de esos que ha logrado desatar pasiones como pocos. El tiempo permite verlo con frialdad y como lo que fue: una lucha contra la opresión soviética y contra los procedimientos de siempre para envilecer la condición humana.

Al torcer de manera intencional las palabras y su uso, de manera inevitable uno se transporta a otros hechos. La nuevalengua, el doblepiensa, el hablaescribe y más, así como el ministerio del amor y lo que sus sótanos escondían, las ejecuciones en la plaza pública y la obligación de celebrarlas con frenesí, se asocian con hechos del presente. El control de cada acto ciudadano y la necesidad de denunciar a los traidores de la revolución, el desprendimiento del Hermano Mayor hacia los ciudadanos y la adoración que estos debían sentir hacia él.

Orwell hizo su trabajo en un momento tumultuoso y lo situó en el futuro: 1984. Escribía sobre el pasado y el entonces presente, pero después en otros lugares ocurrirían hechos con algunas o muchas similitudes. Lo importante era la idea de que el enemigo está obligado a declararse culpable, además de proclamar a voz en cuello su arrepentimiento y su amor hacia el Hermano Mayor.

Ah, y por supuesto, al hablar de las disputas ideológicas describía el partido, que siempre existiría y siempre sería igual en sus actuaciones, así como el detestable grupo opositor fundado por Goldstein, que apenas era una fachada porque estaba al servicio de la revolución.

Nadie escapaba al control de los instrumentos electrónicos que Orwell ya entonces imaginaba. La Policía del Pensamiento y el ministerio de la Verdad eran eficientes en el cumplimiento de sus propósitos, mientras desde la cúspide se inventaban guerras económicas porque la escasez era brutal y la culpa de todos los males era del imperialismo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El Ledezma que conocí

Ricardo Escalante

Mientras avanzaban los años 70 y yo cubría la fuente informativa de Acción Democrática, conocí y conversé muchas veces con un miembro del buró juvenil que se diferenciaba de otros por la ecuanimidad y deseos de superación. No hacía mucho había llegado a Caracas y manifestaba la aspiración ser abogado.

Se graduó en la universidad mientras avanzaba en la carrera política, que en definitiva era su gran aspiración.  Pasaba el tiempo y con él su partido vivía hechos tumultuosos que lo desdibujaban y le hacían perder influencia, después de haber sido gestor y actor principal de hermosas luchas por la instauración del sistema democrático venezolano.

En ese proceso de erosión muchos jóvenes y otros que no lo eran tanto fueron excluidos, expulsados, apartados del camino porque constituían piedras en el camino para algunos. Antonio Ledezma fue uno de ellos. Esa fue una etapa muy distinta de aquella de los años 60 en que una generación brillante  se frustró, porque trastornada por el virus marxista cometió errores como ese de fracturar a AD, crear el MIR e incorporarse a las guerrillas entonces financiadas por Cuba.

Pues bien, Ledezma nunca abjuró de la socialdemocracia. Ahí leyó, estudió y llegó a conocer líderes de la factura intelectual de Felipe González.  Fue varias veces diputado, presidente del Concejo Municipal de Caracas y alcalde metropolitano, siempre cultivador de la controversia de las ideas y reacio a los regímenes de fuerza. Por eso condenó la acción del 4 de febrero de 1992 y todo lo que ha venido después.

Gran amigo de Carlos Andrés Pérez, de Gonzalo Barrios y otros que experimentaron en pellejo propio la persecución por razones de conciencia, muchas veces él escuchó relatos de viva voz sobre aciagos momentos. Ahora le toca a él y da muestras de su temple.

Ahora lo acusan de terrorista, autor de tratados desestabilizadores, participante en reuniones de madrugada y otras cosas que hasta en los colectivos desatan risa. Él insiste en hablar de democracia porque sabe lo que ocurrirá si las elecciones se celebran, como tendrán que celebrarse porque lo contrario sería la estocada final para el régimen.

A su cargo le eliminaron las atribuciones principales porque podía transformarse en poderoso rival, pero él continúa su lucha y ahí está.  Carece de carisma pero es un político de buen talante.