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martes, 4 de junio de 2013

Pino Iturrieta se equivoca

Ricardo Escalante
Acabo de ver el debut del historiador Elías Pino Iturrieta como editor adjunto de El Nacional, como sucesor de ese gran periodista y erudito que fue Simón Alberto Consalvi, cuyos artículos semanales eran esperados por mí con especial interés. La de Pino Iturrieta, como él mismo sugiere, es ahora una tarea desafiante en un momento también desafiante para los venezolanos.
Es un hombre provisto de un conocimiento profundo de nuestras raíces históricas, que ha sabido cuestionar las manifestaciones autoritarias que nos han dominado y llevado por el despeñadero en los últimos años. Un venezolano admirable, probo. No obstante, surge mi atrevimiento de escribir este artículo como consecuencia de una breve frase que pronunció en la entrevista inaugural de su nuevo cargo, al referirse a los fines del periodismo.
Según el entrevistador, el doctor Pino dijo que “el periodismo no es para tumbar ni para poner gobiernos, pero sí para señalar las situaciones que se viven”… Ahora bien, es posible que él estuviera pensando en la función ideal o utópica del periodismo, que no es precisamente la que hemos visto a diario en los últimos sesenta años en ese país tan tropical que es Venezuela.  La historia de los medios de comunicación venezolanos lo contradice con contundencia.
En la etapa previa al régimen de Hugo Chávez hubo medios que fueron utilizados como instrumentos desestabilizadores y hasta de conspiración, que actuaron como protagonistas principales en la demolición de lo que existía y apoyaron la aventura electoral de ese militar golpista del 4 de febrero. No todos, pero los había y muy importantes. Actuaban de manera sistemática contra gobiernos, movidos por intereses personales, familiares o de grupos y, sobre todo, económicos. Había presiones, chantajes, etc., que a la postre terminaron por corroerlos a ellos mismos y por afectar a los venezolanos en general. ¿Y qué pasó? Pagaron un precio elevado por sus insensatas ambiciones.
La responsabilidad social de los medios tendría que ser, por definición, sublime y no comprometida con parcialidades políticas o económicas. Eso ocurre en países desarrollados aunque, por supuesto, tampoco en todos porque, por ejemplo, Rupert Murdoch no ha sido en Gran Bretaña un ejemplo a seguir.  News of the World era asqueante, con sus interceptaciones telefónicas y otras formas inmorales de revelar “exclusivas”.
Estamos obligados a decir entonces que en Venezuela las empresas periodísticas sí han sido, en gran medida, para poner y quitar gobiernos.  Las consecuencias de eso están ahí y no las podemos ni debemos ocultar: Ellas han sido debilitadas por el Estado, las concesiones de radio y televisión anuladas, los periódicos han llegado casi a escombros económicos, como todo o casi todo en el país.  Todo en Venezuela es caótico y no debemos callar.