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viernes, 1 de marzo de 2013

Moral militar reblandecida

Ricardo Escalante, Texas
Razones cuasi genéticas me empujaron temprano en la vida a rechazar todo aquello que tuviera tufo militar.  La experiencia me ha demostrado, además, que por muy bien formados y cultos que puedan ser, en pocas ocasiones los militares son capaces de llegar a  pensar y actuar como los civiles, vale decir, con la fuerza de la razón como arma esencial.  Con eso, por supuesto, no niego la existencia de civiles atorrantes ni alguna excepción militar.
 
¿Y por qué temprano? Porque hay hechos que marcan en forma definitiva a las personas, y el mío es uno de esos casos. Cuando, en abril de 1960, a mis trece años ocurrió el golpe del general Castro León contra el gobierno legítimo del presidente Rómulo Betancourt, San Cristóbal se paralizó, las calles estaban desiertas y en mi casa no había nada que comer. En algunos sitios se notaban focos de resistencia a la trastada del ex ministro de la Defensa.
Mi padre y yo emprendimos una larga caminata para comprar alimentos en la bodega de alguien que despachaba a través de una pequeña ventanilla.  Ya de regreso con aquellas pesadas mochilas de fique, en una esquina fuimos conminados a subir al camión de una patrulla militar.  No hubo ni forma ni manera de explicar qué hacíamos en la calle, pero sí nos dieron varios planazos que a mí me ardieron y hasta hicieron sangrar la espalda y el pecho. No solté una lágrima. Sentí odio ante el atropello y estuvimos detenidos varias horas.
Un año antes, un amigo de mi padre a quien la Seguridad Nacional le había destrozado todo aliciente, se suicidó. En tertulias vespertinas que tenían lugar en el taller de carpintería que mi progenitor tenía en el centro de la ciudad, yo escuchaba sus relatos sobre el despiadado trato de la brutal dictadura militar de Pérez Jiménez. Los verdugos, cuyos nombres él recordaba, le habían aplicado descargas eléctricas en los testículos, le arrancaron uñas con alicates, le quemaron el rostro con cigarrillos y a golpes hasta le rompieron los huesos de la cadera y las piernas, a consecuencia de lo cual caminaba con graves dificultades.
Así comencé a ser antimilitarista y a convencerme que los totalitarismos de derecha e izquierda son detestables por igual.  Por eso después repudié las intentonas de 1992 contra ese auténtico demócrata que era el presidente Carlos Andrés Pérez, más allá de sus errores. He visto también otros hechos que han afianzado mis convicciones, como el uso de los militares chavistas para amenazar y reprimir protestas civiles.
Y ahora ustedes, lectores, se preguntarán a cuento de qué vienen estas historias tan personales. Ahh, pues porque un enardecido general español, Juan Chicharro, hace dos días pronunció un discurso que fue entendido por muchos como el anuncio de un acto de fuerza contrario a la Constitución y a la ley, aunque justificado como la necesidad de impedir la ruptura de la integridad territorial de ese reino con resortes morales reblandecidos. Con corrupción alarmante que comienza en la familia real.
Chicharro habló  de la existencia de un sentimiento generalizado de preocupación, temor, incertidumbre y confusión, para luego señalar que la patria es anterior y más importante que la democracia. El patriotismo, según él, es un sentimiento y la Constitución no es más que una ley.
Esas amenazantes frases no podían menos que recordarme la carga genética golpista de los militares venezolanos, carga que sigue intacta a pesar de la maloliente sumisión perruna a un régimen dominado por el ladronismo de los Chávez y del entorno encabezado por Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.  Un régimen de abusos de todo género.