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martes, 12 de marzo de 2013

Diosdado, tic, tac, tic, tac…

Ricardo Escalante, Texas
El conflicto político venezolano va más allá del acoso del gobierno a la oposición, hasta llegar al terreno movedizo y explosivo de las relaciones entre Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.  Ambos se mueven ahora como en un tablero de ajedrez, calculando cada jugada y buscando la mejor manera de dar el jaque mate.
Cabello le impuso la banda presidencial a Maduro, se retrata con él y advierte que los amigos del imperio los quieren poner a pelear. Se abrazan, ríen con sonrisas ensayadas de cuñas de televisión y hacen declaraciones de férrea unidad, aunque Diosdado sabe que las cosas en su contra se han venido fraguando poco a poco pero sin pausa, como parte de esa estrategia diseñada en La Habana para crear y darle larga vida al liderazgo de Maduro. Por eso no se desespera. Sabe que el conflicto es inevitable y toma las cosas con calma.
Maduro, ese por quien nadie apostaba nada hasta hace poco tiempo, sin formación de ningún género, de frases hechas con pésimo gusto copiadas del fallecido líder y, por supuesto, sin carisma, cosechó la fidelidad como quien compra un tique de lotería y gana. Al lado de Chávez había unos pocos con formación, cultura y experiencia, pero no fueron tan obedientes como el sindicalista chofer del Metro y, por eso, fueron apartados en forma inesperada.
A pesar de que Chávez detestaba la sola idea de tener delfines porque uno de ellos podía convertirse en enemigo, Diosdado comenzó temprano a tejer su propia red de poder y acumuló una inmensa fortuna a través de interpuestas personas. Y al enterarse de la gravedad del cáncer que devoraba a Chávez, cuando este viajó a La Habana para ser operado por segunda vez, entonces él hizo empapelar calles y avenidas con afiches que debajo de su foto tenían solo dos palabras: “¡Diosdado Presidente!”

Antes, en la época en que actuaba como vicepresidente de la República, se hacía llamar Presidente Ejecutivo, cosa que molestó al jefe pero que constituía un mensaje a sus seguidores. De manera simultánea, Diosdado iba ganando amigos en ese mundo que conoce bien, el de las Fuerzas Armadas.  En ningún momento ha perdido de vista a los militares. Les pasa la mano, los llama y se reúne con ellos.
A pesar de su naturaleza altanera, grosera, conocía bien el carácter de Chávez y sabía como eludirlo en momentos difíciles. Diosdado es sibilino. Cuando Chávez dio con habilidad el paso para liquidarlo designándolo candidato a la gobernación de Guárico en las elecciones de diciembre pasado, él calló, bajó el perfil y continuó en la presidencia de la Asamblea Nacional. Al líder no le quedó más remedio que escoger a Yelitze Santaella para la gobernación.
De la misma manera, al señalar Chávez a Maduro como legatario político, Diosdado asimiló el golpe. No dijo nada. Luego vio la estrategia urdida por Maduro en su contra, violando lo pautado en la Constitución para evitar que él se encargara de la Presidencia hasta la elección del nuevo jefe de Estado.

Ahora Diosdado ha decidido acelerar el paso, avanzando en el control de medios.  Es un rumor a voces que a través de un tercero, acaba de comprar el 40 por ciento de un importante circuito radial y la televisora opositora que existía en el país.  ¡La guerra está cantada!