Páginas

miércoles, 6 de marzo de 2013

Venezuela sin derecho a soñar

Ricardo Escalante, Texas
Ahora cuando la era de Hugo Chávez ya es pasado, Venezuela comienza a moverse por caminos inciertos en lo político, en lo económico y en lo social.  La herencia del liderazgo autocrático es una pesada acumulación de conflictos y contradicciones de todo tipo,  que hacen cuando menos ingenuo pensar en el inicio de tiempos de concordia y pluralismo  de ideas.
Es difícil, para no decir imposible, esperar el advenimiento de un gobierno de concentración nacional capaz de dar sosiego a la población, y de echar las bases para la recuperación de ese país de casi 30 millones de habitantes que hoy está dominado por una despiadada lucha de clases y por la descomposición moral. Un país con una tasa de inflación que ronda 30 por ciento y un aparato productivo paralítico.
A corto plazo no parece posible un nuevo régimen sin las formas autoritarias de ese militar que sabía llegar al corazón de los desposeídos,  porque quienes en este momento controlan el poder ya envían señales de endurecimiento del régimen y porque, además, existe un gran número de beneficiarios de las dádivas ideadas en Cuba con el nombre de misiones, que se acostumbraron a la vida fácil. Chávez era un hombre lleno de contradicciones, pero, al mismo tiempo, tenía habilidad para interpretar el sentimiento de las masas y hacía que estas se identificaran con él.
El oficial de Barinas, hijo de un maestro de tendencia política socialcristiana que llegó a ser director regional de educación en uno de los peores gobiernos venezolanos de todos los tiempos -el de Luis Herrera Campins (1979-1984)-, le prestaba atención a los textos de Antonio Gramsci y sabía que la hegemonía no sólo se logra mediante el uso de la fuerza, sino también con la manipulación de los sentimientos.  De esa manera ganaba elección tras elección, después de desmantelar  los partidos tradicionales y de impedir el surgimiento de potenciales rivales.  No los permitía ni en la oposición ni en sus propias filas.
Manejaba la ley a su antojo.  Ordenaba hacer y cambiar leyes, y él mismo legislaba durante largos períodos porque la Asamblea Nacional le delegaba sus facultades. El sistema de pesos y contrapesos que con múltiples debilidades había funcionado en los 40 años anteriores, fue eliminado porque Chávez quería todo el poder en sus manos. Hasta en los pueblos más apartados se le tenía que obedecer y consultar.  De esa manera controló también el Poder Judicial, la Fiscalía,  la Contraloría General  y el Consejo Nacional Electoral.  Todo.
Expropió haciendas, edificios, automercados, tomateras, cementeras, plantas de leche en polvo, canceló concesiones a radioemisoras y  televisoras.  Por esa vía hizo que el número de empleados públicos se multiplicara y el aparato burocrático aumentara su ineficiencia.   Propició invasiones de propiedades en el campo y en la ciudad, con el pretexto de que ser rico era malo y que había una oligarquía malsana, corrupta, que conspiraba contra los intereses populares, que supuestamente eran los mismos de su revolución.
Para el logro de sus objetivos, Hugo Chávez se valía también de procedimientos intimidatorios. Creó bandas de motorizados de mal aspecto, armados hasta los dientes, que con el nombre de colectivos se expandieron por todo el país, que en grupos de 50 ó 100, con franelas rojas e imágenes del Che Guevara y de él mismo,  se desplazaban por doquier, sembrando el terror. Con disparos al aire, quemando carros, lanzando granadas y bombas incendiarias, abonaban el terreno para que el poder presidencial fuera total.
Esos procedimientos derrumbaron la moral del ciudadano común, mientras el Presidente y su gobierno manejaban los recursos nacionales a su antojo, sin controles, lo que implantó un sistema de corruptelas sin precedentes.  La principal empresa venezolana, PDVSA, pasó a ser administrada a discreción por el ministro Rafael Ramírez, quien se transformó en uno de los hombres más ricos del Continente a través de interpuestas personas.  El ahora presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, un militar que desde su época en la Academia Militar participaba en conspiraciones e intervino en el golpe encabezado por Chávez en 1992, se convirtió en un dirigente de importancia. 
Con su lenguaje insultante, procaz, amenazante e ideas confusas, Cabello  había ido tejiendo su propia madeja de militares, hasta colocarse como eje central del post chavismo.  Entre él y Nicolás Maduro hay divergencias importantes, pero hasta ahora ambos han tratado de aparecer unidos para darle continuidad a la “revolución bolivariana”.  En la Fiscalía General de la República y en la Contraloría, reposan más de 30 denuncias de hechos de corrupción por miles de millones de dólares, presuntamente cometidos por el teniente Cabello, pero ninguna de ellas ha sido investigada.
Ese ambiente de caos y corrupción es la Venezuela de hoy.  No parece previsible un cambio político en el futuro cercano, porque las figuras que rodeaban a Chávez -apoyadas en estructuras militares y paramilitares politizadas-, mantienen el control absoluto del poder y no están dispuestas a ceder. La Constitución establece la celebración de elecciones en un plazo no mayor de 30 días, pero éstas solo ocurrirán cuando Maduro y Cabello lo estimen conveniente.
La oposición participará en el proceso electoral en condiciones de debilidad y desventaja frente al candidato del gobierno, Nicolás Maduro. Las carencias ocasionadas por sectarismos y luchas internas de las distintas corrientes opositoras, son su propio enemigo.  Todo indica que Henrique Capriles volverá a ser candidato, a pesar de haber desperdiciado las condiciones ideales que en octubre de 2012 se le presentaban. Cometió errores, su mensaje era vacío, sin consistencia, y apartaba  a sus propios aliados.
El Chávez adorado por muchos en Venezuela, utilizó dineros nacionales para establecer una red de solidaridades automáticas entre líderes carismáticos latinoamericanos, que hoy lo echan de menos: Rafael Correa, en Ecuador; Daniel Ortega, en Nicaragua; Evo Morales, en Bolivia; Cristina Kirchner, en Argentina, y otros.  También financió movimientos y grupos subversivos, entre ellos las FARC, y se alió con regímenes de oprobio, como los de Khadafi, en Libia, y Ahmadineyad, en Irán.  Esa red, por supuesto, facilitará las cosas para que Maduro y Cabello no tengan dificultades para ser reconocidos por la comunidad internacional.
Por todo eso, Venezuela hoy no tiene derecho a hacerse ilusiones con un nuevo régimen de justicia, amplitud y respeto.
www.ricardoescalante.com