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domingo, 21 de octubre de 2012

La conjura final


Ricardo Escalante, Texas
La razón esencial de muchos dirigentes políticos importantes para no escribir libros sobre sus experiencias, es el temor a enajenarse amistades, a exponerse como vanidosos o incurrir en exageraciones. Eso, sin embargo, no quiere decir que todos sean cortados con el mismo patrón, porque, aunque son los menos, hay quienes en una actitud pedagógica reflexionan en voz alta para reconocer errores y en  actitud cívica explican por qué no volverían a hacer lo que hicieron.

Conocí a Octavio Lepage hace unas cuatro décadas durante mi ejercicio reporteril en Caracas, mientras él era miembro de la Comisión de Defensa del Senado y también de la dirección nacional de Acción Democrática. Era tacaño y tenía fama de tacaño hasta para pagar sus invitaciones a tomar café. Medio en broma y medio en serio, sus amigos lo llamaban en voz baja “Mister Memoria”, porque siempre andaba en la Luna con aires indescifrables o hacía creerlo. Ahora, después de tantos años, he podido comprobar a plenitud que su “disco duro” lo registraba todo y la desmemoria era una simple veleidad que administraba a su antojo.

Con mucha razón lo consideraban “gonzalista”, porque siempre estuvo en el círculo más cercano a ese viejo erudito que era Gonzalo Barrios, que siempre tenía elegantes motivos para discrepar pública o privadamente de su compañero de partido Carlos Andrés Pérez, de cuyo primer gobierno Lepage fue ministro. También fue ministro en la etapa de Jaime Lusinchi, y fue inocultable la preferencia gubernamental por su aspiración a la candidatura presidencial en 1988, en una agria competencia con CAP. Y, en definitiva, aunque había sido amigo y colaborador de CAP, sus discrepancias con él nunca fueron secretas.

Digo ahora estas cosas, después de haber leído La conjura final, esa larga y magnífica entrevista-libro en la cual Lepage le narró al veterano periodista Javier Conde sus vivencias y autocríticas. Y lo digo porque conocí, traté y a veces hasta tomé un par de wiskies con Lepage, sobre todo en esas dos semanas en las cuales fui asistente suyo Miraflores, luego de la confabulación que defenestró y sometió a un juicio político amañado a Carlos Andrés Pérez en 1993.

La conjura final es un libro importante por las razones que resumo: 1) Admite que AD y él mismo desde la presidencia del Congreso, cometieron un grave error al permitir el juicio contra CAP; 2) Casi no hace referencias al presidente Jaime Lusinchi (¿por qué?) y deja maltrecho el equipo económico del gobierno de esa época; la anécdota sobre una cena en honor del jefe de la Reserva Federal norteamericana, Paul Volcker, en la casa del entonces ministro de Hacienda, Manuel Azpúrua, es demoledora; y, 3) Las referencias al equipo económico de CAP son el contraste. Lo define como brillante y con buen juicio dice que a esos tecnócratas les faltaba cancha política y, además, agrega que CAP tenía una visión moderna del país.

Lepage hace asombrosa gala de su memoria al citar fechas, nombres y circunstancias específicas que enaltecen el espíritu cívico que condujo a logros importantes para la República. Refresca episodios de las luchas contra las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, de las conspiraciones de derecha e izquierda durante los cuarenta años anteriores a Chávez, y de manera distraída e inesperada hasta desempolva sus escapadas con la soñadora Shirley por gratos recovecos ingleses. No oculta que se cometieron excesos policiales como el de la muerte del secretario general de la Liga Socialista, Jorge Rodríguez, cuando él era ministro del Interior y se investigaba el secuestro del industrial Niehous.

En ese libro, Octavio Lepage se deja ver como lo que siempre fue: Un dirigente honesto, fiel a sus ideas, comprometido con las causas democráticas, tímido, frustrado por el desastre ético, político, económico y social, a que el autócrata ha sometido a los venezolanos en estos interminables tres lustros. Y da una lección, al invitar a los jóvenes a estudiar la historia nacional, a investigar y a dibujar sus propias conclusiones.

A Javier Conde, de inagotable vocación periodística, lo conocí en sus comienzos en la profesión. Miembro de una hornada mucho menor que la mía, firme defensor de la libertad de prensa y de los derechos de los periodistas. La conjura final es solo un peldaño más de esa carrera con buenas demostraciones de olfato para la noticia, la crónica y el reportaje.