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miércoles, 13 de junio de 2012

El Carlos Andrés que conocí

Ricardo Escalante, Texas
Durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), yo cubría ocasionalmente informaciones en el Palacio de Miraflores y, a veces, escuchaba algunos rumores sobre la existencia de una amante del Presidente.  Ella, sin embargo, no era vista por allí y todo indica que sus visitas a ese lugar eran poco frecuentes y ocurrían en horas de poca actividad.

Aquella era la época del boom petrolero y de “La Gran Venezuela”, cuando el Presidente nacionalizó las industrias de los hidrocarburos y del hierro, estimuló el surgimiento de una nueva clase media y creó el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho, que permitió la formación de un importante contingente de jóvenes venezolanos en las mejores universidades del mundo. También fueron construidas importantes obras de infraestructura y la política de pleno empleo produjo resultados importantes.

Rómulo Betancourt, cuya influencia en Acción Democrática y en el país era muy grande, había sido el promotor de la expulsión de Cuba de la OEA y del bloqueo económico y, por supuesto, rechazaba toda posibilidad de restablecer relaciones diplomáticas con el régimen de los Castro. Convencido de que la mejor manera de impulsar la democratización de Cuba era evitando su aislamiento, CAP reanudó las relaciones diplomáticas e irritó al fundador del partido. Ahí comenzó la ojeriza.

En aquel momento tuve la oportunidad de conocer al entonces Presidente y entablamos una amistad que con el paso de los años se robusteció. Conversé con él en innumerables oportunidades, muchas veces hasta sobre asuntos intrascendentes y ví en él un político de especiales condiciones políticas y humanas, sin rencores ni sectarismos. 

El estilo frontal de abordar el debate político le generaba adversarios, pero él practicaba la democracia al no buscar la liquidación de sus adversarios y, por el contrario, les daba nuevas oportunidades. Su tesis era que los males de la democracia se curaban con más democracia. Esto era una virtud y, al mismo tiempo, un error que tuvo que pagar caro porque, por ejemplo, a pesar de haberle sido hechas advertencias a tiempo, aceptó que un hombre lleno de odio y enamorado de sí mismo, Ramón Escovar Salom, fuera designado Fiscal General de la República. Lo que vino después es harto conocido.

Carlos Andrés Pérez era valiente. En la medida en que los problemas eran más grandes él se crecía. No se escondía ni lloraba cuando el mundo de le ponía pequeño, como si lo ha demostrado el teniente coronel que intentó derrocarlo y asesinarlo.

Los golpes de Estado de 1992 desestabilizaron su segundo gobierno cuando la economía nacional daba muestras de haber comenzado a enderezarse. Ya estaban en curso las conspiraciones de todo género, en medio de las cuales el país echaba humo por los cuatro costados y fue pavimentado el camino para someter a juicio al Presidente. Me consta que entre sus peores enemigos había adecos que actuaban por mampuesto contra él y trataban de hacerlo aparecer como el único culpable de todos los males.  Ellos se sintieron felices expulsándolo del partido y luego, cuando murió, algunos se rasgaban las vestiduras en medio de loas para tratar de convertirlo en un héroe.

Una vez le escuché decir privadamente a Carlos Andrés Pérez que su pecado había sido el de la carne, y tal vez debió haber impedido ciertas apariciones públicas de Cecilia Matos, como esa de la fastuosa celebración de un cumpleaños con dos mil personas, entre quienes destacaba la embajadora colombiana Noemí Sanin.  Aquella vida políticamente agitada y amplia a la vez, con decisiones y hechos que están en la historia venezolana, ni siquiera encontró descanso al morir: Su cuerpo pasó meses en una nevera como consecuencia de lamentables disputas familiares

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