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martes, 5 de junio de 2012

El Caldera que conocí

Ricardo Escalante, Texas
Comenzaba mi experiencia reporteril en San Cristóbal, cuando un día de 1970 vi de cerca y saludé al entonces pletórico de vida y sonriente presidente Rafael Caldera. Impecablemente vestido de gris, engominado como siempre, corbata azul, zapatos negros brillantes, sonriendo frente a todos y estrechando manos. No respondía preguntas de los periodistas porque todo lo que tenía que decir lo decía en su acostumbrada rueda de prensa semanal, cuya primera parte era televisada y con preguntas previamente seleccionadas.

A medida que los años avanzaban, mi pasión por el periodismo aumentaba y por distintas razones cambié varias veces de lugar de trabajo. Así fui ampliando poco a poco mi visión de la política venezolana, conociendo de vista y trato a distintos personajes. Unos se mantenían por largo tiempo en la vida pública, otros estaban allí por casualidad y pronto desaparecían. Otros estaban ahí para ocupar segundos lugares. Caldera estaba siempre entre los protagonistas esenciales.

La obra histórica del doctor Caldera era COPEI y no sus dos gobiernos medio insípidos, que no dejaron muchas cosas que recordar, aunque él trataba de proyectarse como autor de la pacificación nacional y gran líder socialcristiano. A medida que los años pasaban yo muchas veces lo entrevistaba en el fragor del debate nacional. Lo visitaba en el Escritorio Liscano, su oficina, situada en la avenida Urdaneta, a pocos pasos de la avenida Fuerzas Armadas y a 120 metros de El Universal, donde trabajé muchos años. Era frío, distante.

Él quería el partido a su manera. Ahí se había formado una generación de dirigentes con especiales cualidades intelectuales y políticas, pero el doctor Caldera los quería para pavimentar sus ambiciones personales y no para abrirle caminos a la organización que era su hechura.

Uno de sus discípulos una vez lo describió así: “Tenaz, perseverante, constante, terco en la búsqueda del poder. Para él no existía otro asunto más importante que el poder. Sentía que había un designio "Providencial" según el cual él tenía que ser Presidente. Se trataba de la voluntad de Dios. Al punto de que con frecuencia argumentaba: "Si Dios me conserva con buena salud, para qué puede ser sino para asumir la Presidencia."

Al escuchar oto día la misma frase, aquel discípulo osó preguntarle: “¿Usted se ha dado cuenta que yo también gozo de buena salud? Será que el compañero Dios tiene otro designio especial para mí?” Las cosas comenzaron a cambiar progresivamente de color y el doctor Caldera, retado por esa generación que solo podía servir para ser calderista, optó por darle la patada terrible a su obra histórica y condenarla a la agonía.

Después vinieron el discurso pronunciado por el doctor Caldera el 4 de febrero de 1992 en el Congreso y el sobreseimiento a la causa a que estaban sometidos Hugo Chávez y otros sublevados, con lo cual se vino a legitimar el golpe de Estado. Ahí comenzaron o, mejor, empeoraron los dolores de cabeza de los venezolanos, y hasta ese señor que llamaban “Presencia” porque era como la sombra del ex Presidente en todas sus apariciones públicas, también desapareció para siempre.
ricardoescalante@yahoo.com