Páginas

jueves, 21 de febrero de 2013

Cunde la desesperanza

Ricardo Escalante, Texas
Moral y  política es un tema tan antigüo como complejo.  Cae en los terrenos de la filosofía,  la religión y el derecho, hasta llegar a tener algo que ver con todo en la vida diaria, pero es necesario abordarlo sin complicaciones en esas situaciones en las cuales la desesperanza se apodera de los pueblos y hoy, sobre todo, del venezolano.
 
Ahí se plantea, por supuesto, el problema de la conciencia y la libertad de conciencia.  Lo más íntimo del individuo: su razón de ser, su existencia. Pero dado que no soy ni filósofo, ni político, ni líder religioso y menos aún predicador de moral, mi razonamiento tiene que apuntar entonces a lo que veo y siento como venezolano.
¿Qué veo y siento? Un alarmante deterioro moral que comienza en las altas esferas del poder, que es ejercido sin contrapesos. El Estado es dueño de la moral y del conocimiento, administrador y juez de la verdad, de una verdad absoluta manejada a través de delincuentes y de pandillas impunes.  Al reblandecer todos los resortes morales, el gobierno de Hugo Chávez forjó una sociedad sin capacidad de reacción frente al atropello y unos militares corruptos sin sentido del apego a principios democráticos. Marionetas, pues.
Veo también una oposición con liderazgo oxidado, inepta, que encuentra preferible esperar que el otro se “sacrifique”, así ya una vez sus falencias  hubiesen saltado a la vista de todos. Por esa vía, percibo un liderazgo que se sienta a esperar una competencia entre ignorantes, convencido de que el peor y más audaz tendrá todas las de ganar.  Es lo que tal vez podríamos definir como la inevitabilidad del reino de la ignorancia y la indolencia.
Hoy escribo estas cosas después de haber observado con asombro  algunas figuras de la oposición que expresaron alborozo por el retorno de Chávez, en vez de repudiar el hecho de  que eso ocurriera a las dos de la mañana, sin que nadie lo viera o escuchara una palabra de ese presidente que solía atosigarnos con peroratas sin sentido, porque esa patraña del regreso no hizo otra cosa que  robustecer la tesis  de que estamos frente a la más falta absoluta del jefe del Estado, aunque se nieguen a admitirlo.  Y lo digo a pesar del jolgorio de ese canciller de comiquitas que es Elías Jaua, quien, palabras más palabras menos, aseguró haber bailado joropo con Chávez en el hospital cubano.
Los dirigentes opositores tampoco dijeron nada contundente frente a las fotos trucadas que publicaron desde La Habana. Siento, entonces, que tenemos en las manos una novela negra en la cual ciertos personajes opositores vienen a descubrir en Chávez  el líder bueno, necesario.  El benefactor. Lo veneran sin pudor y casi desean canonizarlo en vida.
Siento, además,  que al leer el informe de la comisión especial de la MUD sobre las causas de la derrota que frustró los sueños de un cambio presidencial en octubre pasado, todo está dicho:  En las altas esferas opositoras, nadie buscó ni pidió  rectificaciones y si así fue, lo hicieron con la misma fórmula del chavismo: A las dos de la madrugada y con las luces apagadas.  Y lo afirmo porque las condiciones para el triunfo en esas elecciones estaban dadas. Por todo eso, ahora entiendo (aunque no justifico) a quienes sostienen que Venezuela es el país del engaño, pero no podemos renunciar al derecho a soñar con un líder opositor con preparación y cojones.