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sábado, 12 de enero de 2013

Por qué quieren un mito

Ricardo Escalante, Texas
Más allá de la controversia sobre el aspecto constitucional, la ausencia del presidente Hugo Chávez en la vida venezolana se hizo ostensible con las complicaciones surgidas casi en el mismo momento en que se sometió a la operación de diciembre en La Habana. Desde entonces los venezolanos saben que existe pero no les consta porque no lo ven, ni lo escuchan y ni siquiera reciben sus impetuosos Twitter. Todos saben que ya es pasado, pero aún así se impuso una ruidosa farsa con ulteriores intenciones.

En sus graves condiciones, aislado por completo, es obvio que no está al tanto de los apremiantes problemas nacionales y está incapacitado para tomar decisiones. Ni siquiera pudo firmar una carta anunciándole a la Asamblea Nacional su imposibilidad de juramentarse como Presidente para un nuevo período, elemento suficiente para que corrieran como pólvora las especulaciones de variada índole.

Ahora la situación es delicada en extremo porque el país va a la deriva no solo por las dudas sobre la validez legal de los actos del vicepresidente –como afirman ciertos especialistas-, sino por la reiterada irresponsabilidad del ignorante audaz Nicolás Maduro y del atrabiliario Diosdado Cabello.

En ese ambiente es válido preguntarse cuáles han sido los motivos de la negativa a reconocer el vacío presidencial. ¿Hay algún propósito escondido detrás de tal insensatez? Pues claro que sí. Se trata de la estrategia diseñada en La Habana por los cerebros de uno de los regímenes más hijos de puta del mundo actual, que ha cerrado todo resquicio de oxígeno a cualquier reclamo de libertades de su pueblo. Que no dista mucho de aquellos de Siria, Bielorrusia y de Zimbabue –adorados por Chávez-. En más de cincuenta años, los Castro han llevado a cuestas más de seis mil muertos, decenas de miles de desaparecidos y cientos de miles de presos y perseguidos.

 Raúl Castro, que minuto a minuto sigue los acontecimientos venezolanos, es consciente de las limitaciones intelectuales y políticas de Nicolás Maduro y de las terribles alucinaciones y la voracidad económica de Cabello. Sabe que los dos carecen de arraigo popular, aunque el teniente Cabello controla militares, parlamentarios y gobernadores, que en un momento pudieran facilitarle el manotazo de sus sueños. Por eso, son obvios los apuros de Raúl para madurar con carburo el liderazgo que no se ve después de Chávez.

Frente a esa intromisión en los asuntos de los venezolanos, es necesario entonces rechazar la pretendida idea del hombre bueno que en realidad no fue, porque hasta en los momentos finales desconoció, por ejemplo, elementales derechos humanos del comisario Iván Simonovis y de la jueza María Lourdes Afiuni, a quien hizo apresar en condiciones que dieron lugar a una violación sexual que el Presidente conoció, calló y ni siquiera fingió investigar.

Ahora bien, ¿qué desvela a Raúl Castro en estas prolongadas noches de agonía presidencial? En primer lugar, le preocupan los detalles para distraer a la siempre bien distraída oposición venezolana, en la cual hoy sólo se ve un joven con resistencia física para maratones pero con baches en sus conocimientos de economía, historia contemporánea y asuntos sociales. Carece de olfato de estadista. Un joven cuya memoria corta lo empuja a negar sus orígenes en la vieja política, como una forma de segregar a los partidos distintos de Primero Justicia.

Los aspectos relevantes de la estrategia castrista se concentran, al mismo tiempo, en robustecer el mito que Chávez siempre anheló. Por eso, para Raúl era inapropiada la declaratoria de ausencia absoluta que, por supuesto, implicaba dejar que Chávez muriera sin la condición de jefe del Estado. La importancia de este aspecto era capital porque están de por medio las exequias con ceremonias de Estado, que se prolongarán una semana o más, con dignatarios de todo el Planeta como invitados especiales y con interminables cadenas de radio y televisión. La cofradía de autócratas financiada con petróleo venezolano llorará ríos de lágrimas en actos presididos por Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.

Cristina Kirchner, beneficiaria de operaciones turbias que salvaron la economía argentina con 7.300 millones en bonos basura y enriquecieron a su entorno y a unos cuantos protuberantes chavistas -además de aquellas malhadadas maletas repletas de billetes que Chávez le enviaba-; el autoritario y corrupto Rafael Correa; el inepto Evo Morales; el sinvergüenza y violador de menores Daniel Ortega; y muchos otros, sufrirán como viudas la desaparición del fundador del Socialismo del siglo XXI.

Serán ceremonias encaminadas a ensalzar la leyenda del caudillo supuestamente benefactor de los desposeídos, pero que en realidad despilfarró cerca de un billón de dólares en catorce años de poder, dividió a los venezolanos y manipuló la ley a su antojo con miras a perpetuarse. De esa enorme llantina de reyes, dictadores y hasta presidentes democráticos, sacarán casi como de un sombrero al potencial sucesor de Chávez, cuyas actuaciones son tan serias y aprendidas como las de Mr. Bean. No será entonces difícil imaginar el parto con fórceps de un gobierno de Nicolás Maduro, que a cada instante correrá el riesgo de ser defenestrado. Solo logrará mantenerse profundizando la dictadura creada por Chávez o abriendo camino a una sociedad plural, posibilidad ésta que él niega de antemano.

Frente a ese panorama desolador sólo queda tratar de estimular liderazgos sólidos, robustos, con visión para abrir perspectivas democráticas. Ojalá esto ocurra para bien del país.
ricardoescalante@yahoo.com