Páginas

viernes, 18 de abril de 2014

El García Márquez que conocí

Ricardo Escalante
En una de las tantas visitas de Gabriel García Márquez a Caracas le hice una breve pero para mí inolvidable entrevista.  Yo era un novicio reportero, él era un hombre relevante en el mundo de las letras con muchos amigos en Venezuela, donde había transcurrido una parte de su vida periodística, con sabores unas veces exquisitos y otras amargos.

Con su encantadora forma de ser costeña, más aún, a lo barranquillero, hablaba de todo con su proverbial naturalidad y  quería saber de todo. Con insistencia me preguntó por Miguel Angel Capriles, ese millonario que era dueño no solo del portentoso conglomerado de medios impresos que llevaba su apellido, sino también de edificios y muchas otras cosas.  También recordó los nombres de algunos buenos periodistas venezolanos.

Para quienes habían trabajado en la Cadena Capriles –García Márquez lo hizo al salir de la revista Momento-, Miguel Angel era un empresario ambivalente porque por un lado trataba a sus periodistas con cierto cariño y, por el otro, les pagaba mal. GGM quería saber de MAC – que así firmaba sus editoriales- y de cómo marchaban tanto la Cadena como El Nacional.

Nuestro encuentro, que comenzó como a las diez y media de una mañana de 1971, ocurrió en el lobby del grato Hotel Avila de Caracas, situado en la parte alta de San Bernardino, cuando la gente todavía iba a esa urbanización sin temor a dejar el pellejo en el camino.  Aquella época era distinta porque nadie soñaba que  los asaltos, robos y asesinatos, se democratizarían tanto como ocurrió en el chavismo.  El ya célebre escritor vestía una camisa de colores y flores escandalosas, blue jean y mocasines sin medias.

Mientras conversábamos en el lobby se acercó un desconocido de sonrisa amplia que lo reconoció, levantó los brazos y exclamó:  “¡Maestro, usted es cojonudo! ¡Cojonudo!..” Sin más, dio media vuelta y desapareció por donde había venido.  Riendo con inocultable satisfacción, GGM me miró y dijo: “¡Cojonudo!..  Esa es una buena palabra, ¿no te parece?..”

Un rato después GGM me preguntó si tenía sed, a lo cual asentí, mientras él agregaba que la suya era mucha, y sugirió que nos trasladáramos al bar cercano a la piscina. Nos instalamos en un par de cómodas butacas. Llegó un mesonero con la advertencia de que el expendio de bebidas comenzaría a las 12, frente a lo cual él replicó: “¿Ahh, eso quiere decir que entonces no estamos en Caracas sino en Londres?”, y le pidió al empleado que llamara a su jefe, que pronto se presentó y giró instrucciones para que nos atendieran.

El colombiano ilustre ordenó un brandy doble mientras yo me inclinaba por un jugo de naranja, cosa que causó una reacción de desencanto en el entrevistado: “No. Eso no puede ser. Tienes que tomar algo distinto para que podamos ir al mismo ritmo.  Eso ya me ocurrió una vez con un reportero de The New York Times. Él no tomó nada y días más tarde leí con asombro todo lo que yo había dicho en la borrachera.  Así que eso no va a ocurrir esta vez”…  Pues bien, pronto los efectos de mi bebida surtieron efecto en el estómago vacío y todavía más en la cabeza, puesto que yo no había desayunado.

Transcurrido el tiempo he descubierto que la copia que yo guardaba de aquella entrevista se traspapeló y ahora reconstruyo las cosas que de manera nítida quedaron en mi mente.  Entre mis papeles viejos aparecieron dos copias del testimonio del inolvidable encuentro:  Las fotos tomadas por mi amigo Jacinto Tovar, compañero de trabajo en El Carabobeño.

Un año después vi a García Márquez en la sede nacional del MAS (aunque no conversamos), durante el acto de donación a ese partido de la parte metálica del Premio Rómulo Gallegos. Estaba rebosante de alegría. El MAS, que despertaba ilusiones entre los decepcionados del comunismo, no había caído en el mar de contradicciones y oportunismo que poco a poco lo transformaron en esa sombra que apenas es hoy.  A dicho evento también asistió aquel hombre de tamaño físico descomunal y aún más grande en cualidad musical, que era el griego Mikis Theodorakis, autor del himno masista y también de muchas canciones adorables.
@opinionricardo