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martes, 24 de julio de 2012

¡Plinio, Gabo, Fidel y Dios!

Ricardo Escalante, Texas
 La locura senil de Gabriel García Márquez -aunque después de la contundente descripción hecha por Jaime, su hermano menor, todavía hay quienes piensan que solo está un poco olvidadizo-  pudiera servir para reflexiones sobre el escritor y también sobre la pérdida de memoria colectiva que consume a ciertos pueblos.

En medio de la locura genial de muchos personajes del Premio Nobel, hay también detalles de una realidad que valdría la pena recordar porque en nada se alejan de lo novelesco, relacionados a veces con hechos y protagonistas de primera fila en la política continental. Ahí está, por ejemplo, su vieja y estrecha relación con Fidel Castro, sobre lo cual existen testimonios irrefutables como el de Plinio Apuleyo Mendoza.

Voy ahora a lo que debí haber dicho en la primera línea: Es un bonito domingo soleado y estoy solo, estado ideal para hurgar entre mis pocos libros viejos, entre los cuales descubro uno de Plinio Apuleyo Mendoza publicado por Plaza & Janés Editores en el año 2000: Aquellos tiempos con Gabo. Hallazgo de un García Márquez desconocido. Lo había leído cuando salió a la venta, pero ahora lo encuentro además de cautivante muy apropiado para los tiempos corren en América Latina.

Es un apasionado relato de las experiencias que GGM y Mendoza vivieron como reporteros en buena parte del Continente, y me atraen particularmente las referidas a la época en que desayunaban, almorzaban y cenaban juntos en Caracas, mientras trabajaban para la revista Momento y presenciaron la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, y, luego, los vínculos que desarrollaron con Cuba en los inicios del régimen de Fidel Castro. Nadie como Mendoza ha conocido y querido a García Márquez como hermano, razón suficiente para que sienta como propios los éxitos cosechados por éste.

Uno de los recuerdos melancólicos y dramáticos del libro es la descripción de la entrada del aparato comunista a las oficinas de la agencia Prensa Latina -en la cual ambos laboraban-, para instalarse con sus espías y censores que controlarían cada palabra, cada análisis y cada acto de los periodistas. “La experiencia vivida conmigo en Cuba está para él profundamente disociada de su actual visión política”, decía Mendoza con un delicado lenguaje con sabor a reproche y explicación, aunque no de condena.

“Lo que él vio entonces, uno de los tentáculos de la burocracia apoderándose de Prensa Latina, tiene el peso de una anécdota y no de una parábola; para él este problema lo habría resuelto Fidel. Desde luego, yo veo las cosas de otro modo. Para mí aquello fue síntoma alarmante de una profunda y peligrosa distorsión política”…

La postura obsecuente de García Márquez frente a Fidel Castro es interpretada por Mendoza como algo pintoresco que casi forma parte de las novelas del Gabo: “Con él, con el caudillo, con su aventura de soledad y poder, con su destino inmenso y triste  de dispensador de dicha e infortunios (tan parecido a Dios) es solidario.  En esa perspectiva debe situarse su adhesión a Fidel. Fidel se parece a sus más constantes criaturas literarias, a los fantasmas en los que él se proyecta, con los cuales identifica su destino”…

Magnífico testimonio ese de Plinio Apuleyo Mendoza, quien advierte que el laureado escritor hizo gestiones decisivas para la liberación de Heberto Padilla, Norberto Fuentes y muchos otros prisioneros de conciencia. García Márquez, sin embargo, nunca quiso abordar el tema abiertamente, rechazó la idea de justificar el irresistible atractivo que siempre encontró en el tirano, y nos quedamos esperando el segundo tomo de sus memorias, que lo comprometían a abordar sus nexos con polémicas figuras políticas. No lo hizo y ya no lo hará.
ricardoescalante@yahoo.com