Páginas

viernes, 20 de julio de 2012

El Eduardo Fernández que conocí

Ricardo Escalante, Texas
La política es por naturaleza el arte de perseverar y hay quienes nacen para su ejercerla toda la vida, con glorias y fracasos. Eduardo Fernández representa precisamente uno de esos casos en la política venezolana, con éxitos y fracasos, en una carrera que comenzó casi cuando era niño, al escuchar por primera vez a Rafael Caldera e identificarse con él.

Su ascenso fue vertiginoso en la estructura de ese partido de centro derecha que es COPEI y que tuvo momentos estelares en la vida de Venezuela. Ahí encarnó la idea de un liderazgo natural que sin sobresaltos podía suceder al fundador del socialcristianismo en el país, a diferencia de Luis Herrera Campins, que se había forjado en el partido discrepando y luchando contra Caldera. Fernández prefería tratar de imponerse sin renunciar a los predicamentos del inspirador, con la esperanza de que un día le llegara el turno para ser presidente de la República.

Cuando a temprana edad Fernández ascendió a la jefatura de la fracción parlamentaria copeyana, que era la segunda más importante y tenía algo o mucho que ver con las decisiones nacionales, una vez su familiar, amigo y compañero de partido Arístides Calvani me dijo: “Creo que una carrera vertiginosa no es buena, porque un día él puede haber cubierto todas las posiciones y estancarse”…

Fernández siempre imaginaba que después de haber sido Presidente de la República en el período constitucional 1969-1974, un día Caldera iba a decir “bueno Eduardo, ha llegado tu momento”… Luego de la candidatura presidencial de Luis Herrera en 1979 y de su mal gobierno, Eduardo Fernández pensaba que, ¡por fin!, entonces en 1983 sería postulado a la Presidencia, pero aquel Caldera con su temblorosa voz de siempre le dijo: “No Eduardo, el país reclama otra vez mi contribución”…

Pasó entonces un quinquenio más desde esas elecciones en que Jaime Lusinchi le propinó una sonora derrota al doctor Caldera, y Fernández seguía sacando cuentas e imaginando que su mentor pasaría a ejercer el rol de conductor del partido, situándose al margen de la diatriba diaria, cosa que no pudo ser así porque el doctor Caldera quiso repetir otra vez en 1988 y fue derrotado internamente en COPEI por el discípulo favorito. Con amargura se marginó de la campaña electoral y le propinó un golpe fatal a la organización política que era su obra histórica, al declararse en la “reserva”. En ese instante Eduardo Fernández se convirtió en candidato presidencial con plomo en un ala, vale decir, sin una parte de los copeyanos y sin el líder fundador, a pesar de lo cual hizo un honroso papel frente al formidable y carismático rival que era Carlos Andrés Pérez.

Vinieron después otros episodios relevantes que tuvieron un caro precio para Fernández. El primero fue el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, frente al cual él salió en defensa del sistema, mientras Caldera jugaba al oportunismo con el célebre discurso que le permitió cosechar jugosos dividendos políticos. COPEI respaldó al gobierno de CAP en ese momento y obtuvo una pequeña cuota clientelar, pero pronto abandonó esos cargos aunque sin variar la línea de respaldo a la democracia, mientras el Presidente perdía popularidad en forma vertiginosa y entraba en el tobogán de su caída. El segundo fue la breve y tumultuosa salida de Chávez del poder y la prolongada huelga general nacional. En ese instante Teodoro Petkoff y Eduardo Fernández, entre otros, sostuvieron una reunión con Chávez que los radicales de la oposición se esmeraron en cuestionar.

La característica esencial de ese hombre que se preparó para el ejercicio de los asuntos del Estado y en repetidas ocasiones ha estado a punto de ser Presidente, se resume en una sempiterna búsqueda de diálogo y de consensos que muchas veces son imposibles, pero... En varias oportunidades él y yo lo hemos conversado, sin que en su rostro afloren muestras de arrepentimiento o resquemor.
ricardoescalante@yahoo.com