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sábado, 12 de mayo de 2012

Ohh, mon petit cheri


Después de una dura jornada de trabajo me arrellano frente al televisor. La transmisión del programa regular era interrumpida por avances sobre las elecciones francesas, hasta que ¡pum!, llegó la noticia del triundo del socialista Francois Hollande” y con ella mi dolor de cabeza.  Eso fue suficiente para impedir que esa noche durmiera.

Pasé horas preguntándome cómo los franceses podían encontrar encantos en ese Presidente Electo, en quien muchos ven a un medio loco y demagogo capaz de desestabilizar a Francia; cómo a pesar de los quebrantos Chávez tenía la dicha de ver el florecimiento de la izquierda en un país civilizado. ¿Sería esta la expansión europea del contagioso virus que se inició en Caracas para luego invadir a Bolivia, Nicaragua, Ecuador y algo más?  Agotado por el trasnocho, a las seis de la mañana busqué la vieja libreta telefónica que siempre me saca de apuros, para llamar a una de mis primeras novias, Segolene, que ya no hace sumas y restas políticas con la misma habilidad del pasado pero sigue atenta a todo. Ella, además, tiene la virtud de haber pasado largas temporadas en Venezuela y pienso que me comprende.

Por un instante  revivo las caminatas por Les Champs-Elysées, después de las cuales la sabia y adorable compañía de la Veuve Clicquot nos deleitaba en un pequeño restaurant y más tarde nos empujaba al desenfreno pasional. ¡Qué tiempos aquellos! Le pregunto a mi ex si los franceses se han vuelto locos, si están pensando en presidencias vitalicias que solo la vejez, un infarto o una enfermedad maligna podrían vencer.  Como antes lo hacía, ella habla buen español aunque de manera comprensible, por supuesto, a veces intercala galicismos. “Ohh, mon petit cheri, la política venezolana me interesa desde aquellas escapadas nuestras a Margarita y sé que a ustedes les gusta lo primitivo. Socialismo del siglo XXI es revolver a Carlos Marx con babalaos, y el único que lo hace bien es Chávez en La Habana”.

Le pregunto qué tiene que ver eso con el tema que le he planteado y ella me responde: “Te hablaré de Hollande, pero déjame llegar a donde voy: Mientras se va poniendo plumas en la cabeza, Hugo observa las imágenes del Che y de Marx colgadas en las paredes del Cimeq o, mejor, de su despacho. Se ajusta las alpargatas de suela que Nicolás Maduro le mandó a hacer en Higuerote, va danzando poco a poco a ritmo de tambor a medida que invoca el espíritu de Idi Amin. Hace circulitos con el humo de un aromático Partagás hasta que ¡zas!, entra en trance, al tiempo que Raúl  lo mira, aparenta divertirse, ríe y multiplica las facturas que cada tarde le hace pasar”…

Aunque no puedo verla, Segolene avanza de manera calculada con su acento gutural. Todavía la imagino con sus otrora atributos, con la cadencia de su cadera al caminar… Me informa que se divorció hace mucho y tengo el pálpito de que lo hace con calculadas intenciones, pero luego me amenaza con el asunto de fondo: “Aquí podríamos estar más cerca del populismo y la xenofobia del ultraderechista Frente Nacional que encarna Marine Le Pen.  ¿Te acuerdas de Jean Marie Le Pen? Bueno, la hija suya, pero nunca nos atraerán los absurdos militarismos tropicales que te hacen llamarme.  A Hollande le falta mucho para alcanzar la capacidad intelectual y política de Mitterrand, pero es delicado si lo comparas con ese militar que a ustedes les gusta”.

Segolene hace una pausa para preguntarme cómo estoy, cómo me va, pero no caigo en la maniobra distraccionista y, entonces, sigue en sus andadas: “¿Y Chávez todavía le hace declaraciones públicas al hombrecillo de “ojos bellos”? ¿Lo preferirá antes que al corpulento Maduro y a su hija Rosa Virginia? Más allá de Chávez, a ustedes lo que les gusta es el desquisiado espíritu de Idi Amin y de otro que ya te mencionaré”…

Yo quiero desmontar las frases hirientes de Segolene pero me resulta imposible. No se por qué mete en esto a ese tal Amin y hasta me temo que lo confunde con Robert Mugabe. Le digo entonces que el dinero de mi tarjeta telefónica pronto se va a acabar, cosa que me reprocha y lanza una insinuación adicional:Alors... il est temps que l'on parle de nous”…  La llamada se corta y la nostalgia me abate, hurgo entre las fotos viejas y encuentro una suya en comprometedora posición.
ricardoescalante@yahoo.com