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miércoles, 2 de diciembre de 2015

El inquilino Díaz Rangel

Ricardo Escalante
Hay personajes que a fuego lento se labran una reputación profesional, política o de cualquier otro género, pero un buen o mal día deciden salir desnudos y gritar a los cuatro vientos que lo suyo había sido una farsa. A partir de entonces lo destruyen todo a patadas, con desconsideración hacia la sociedad que hasta entonces los había admirado, y con hambre atrasada comienzan -como el dios Zeus- a devorar a sus hijos.

Bueno, con el arribo de Hugo Chávez al poder, en los inicios de la etapa más ignominiosa de la historia venezolana, Eleazar Díaz Rangel descubrió que las innumerables generaciones a las cuales había dictado sermones de pulcritud ciudadana y periodística, ya no valían nada y que lo mejor para él era transmutar en plumífero de un régimen esquilmador de la riqueza nacional y violador de los derechos humanos. Decidió gritar que lo suyo era mentira.

Claro, EDR ya guardaba algo poco digno de revelar: durante el gobierno de Rómulo Betancourt había conspirado y participado en esas actividades “inocentes” de elaborar planes para sembrar zozobra en la población inocente. Eran los tiempos en que brigadas del PCV ponían bombas un día por aquí y otro por allá, asaltaban bancos, secuestraban aviones y asesinaban policías a mansalva.

En el curso de unas investigaciones, aquel gobierno decidió allanar una casa alquilada por el inefable Eleazar Díaz Rangel.  En ese lugar -escondite de una figura prominente del partido lugar y centro de reuniones “estratégicas”-, fue decomisado un cerro de documentos, uno de los cuales uno detallaba planes de magnicidio de uno de los pilares del Pacto de Punto fijo y tal vez el mejor orador venezolano de todos los tiempos: Jóvito Villalba. Ahora bien, ¿qué tenía que ver Díaz Rangel con todo eso? Tal vez mucho, tal vez nada.

Muchos años después, durante uno de nuestros frecuentes almuerzos en restaurantes de La Castellana, le hablé a mi amigo Pompeyo Márquez sobre aquella anécdota que me había narrado Carlos Andrés Pérez y que luego leí en sus Memorias proscritas. “Sí, esa casa era alquilada por Díaz Rangel.  Es la verdad!, replicó Pompeyo aunque sin abundar más.
Por fortuna, el magnicidio fue desmontado y varios implicados terminaron presos, pero Díaz Rangel todavía siguió por ahí con sus lecciones como si no hubiera pasado nada, actuando siempre, por supuesto, al estilo Zeus. ¡Así es la vida!