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jueves, 5 de noviembre de 2015

Dañinas reelecciones

Ricardo Escalante
La ambición de ciertos hombres ha sido la perdición de pueblos que deslumbrados por frases y actitudes huecas han sido conducidos a la miseria y a vejámenes de todo tipo y color, a pesar de lo cual no logran digerir la lección.

Alan García, un socialdemócrata formado en la escuela de los grandes oradores latinoamericanos, dos veces presidente de Perú, es precisamente ejemplo de ese mal. En su primera presidencia (1985-1990) causó uno de peores desastres económicos y sociales que se recuerden en ese país ahora emergente; en la segunda rectificó e hizo crecer la economía y mantuvo controlada la inflación, pero entonces incurrió en los vicios morales propios de liderazgos carismáticos y demagógicos.

García ahora pretende regresar, como si el tiempo no hubiese pasado y no hubiera tantos y tan capaces ciudadanos peruanos. ¡Presidente por tercera vez!  Eso sería el colmo y con toda seguridad acarrearía costosas consecuencias que demandarían remedios amargos.

Pero, claro, ese es el fenómeno que agobia a una región plagada de obnubilados que se sienten imprescindibles, como Daniel Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y, por supuesto, los Castro en Cuba, que han torcido voluntades y manipulado la ley para perpetuarse en el poder. Y claro, aunque hay diferencias importantes, no es equivocado decir que en esos países la disidencia se acalla como en la época de Trucutrú.

En Venezuela las segundas presidencias de Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez dieron lugar a convulsiones que abonaron el terreno para que viniera alguien como Hugo Chávez, que con sus pretensiones de gobernar 50 años desmanteló las instituciones nacionales y sembró el caos que hoy vivimos. Sembró un régimen militar-militarista y dejó las libertades conculcadas, los derechos humanos apaleados, hambre extrema y hampa en cualquier esquina.

Alvaro Uribe hizo modificar la Constitución colombiana para reelegirse y lo logró. Después aspiró un tercer período que, por fortuna, no prosperó. Con su omnipotencia, él fue un mal ejemplo y desató una ola de odios y retaliaciones.

En naciones con presidencialismos tan marcados como los de América Latina, la reelección siempre es punto de partida de grandes males. Por eso todavía creo en la validez de la sabia frase de Francisco Madero: “Sufragio efectivo, no reelección”.