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domingo, 24 de noviembre de 2013

Revolución sin pantaletas

Ricardo Escalante
Los venezolanos nunca como ahora habían tenido un salto atrás en su modo de vida.  Es un trastorno causado por ese gobierno que raciona conciencias, papel higiénico y hasta pantaletas, para crear condiciones de miseria ideales para perpetuar un régimen político atroz. ¿Algún venezolano lo imaginó alguna vez? Claro que no, porque eso solo se le podía ocurrir a un personaje omnipotente, carismático y perverso, como Fidel Castro.
Fidel siempre fue así. Ya en su juventud se interesaba en las técnicas de manipulación de sentimientos utilizadas por líderes “sobrenaturales”, “indispensables”, para sojuzgar pueblos que terminaban por creer que nada les pertenecía y que hasta su manera de caminar se debía  a la “revolución”. Sus lecturas predilectas eran sobre revoluciones y sus consecuencias, porque con ellas nacían hombres fuertes que casi siempre hacían y deshacían a su leal saber y entender, aunque, por supuesto, la dinámica diabólica de los hechos a veces se tragaba a los protagonistas, como le ocurrió a Robespierre.
Las características esenciales de Castro siempre fueron persistencia y sagacidad, sangre fría para liquidar cualquier asomo de resistencia, ninguna contemplación de amistad, compañerismo, lealtad, nexos familiares... Con su voz suave, delgada como un hilo que se extendía horas y horas, noches enteras, encantaba incluso a interlocutores que odiaban sus métodos crueles y perversas intenciones, aunque admiraban el río crecido de sus conocimientos.  Amigos que lo habían apreciado, respetado y admirado, fueron fusilados con solo una seña, sin que a él se le aguara el ojo. La lista de sus víctimas mortales sobrepasó los 6 mil, además de los torturados, presos, perseguidos y exiliados, por montones.
Robespierre, el Padre del Terror
Hugo Chávez no inventó nada. Todo lo hizo Fidel, con la experiencia de haber depauperado a los cubanos, a quienes llevó al extremo de aceptar con naturalidad la tarjeta con la cual se racionan los alimentos y, algo peor, hizo que buena parte de esas hermosas mulatas habaneras se prostituyeran a cambio de blue jeans, tubos de crema dental, medias de nylon y unos pocos dólares. Sus maridos, novios, hijos y padres, pasaron a ser gestores de clientes para ellas.  ¿Llegaremos los venezolanos a esa abominable ruina moral?  Yo (¡hasta ahora!) sigo creyendo que con nuestra madera más resistente no nos dejaremos vejar y en cualquier momento haremos añicos la supuesta revolución. ¡Así tendrá que ser!
 Cuando apenas cursaba tercer año de derecho, Fidel Castro era un hábil dirigente estudiantil que ideó fórmulas para aliarse con jóvenes de Argentina, República Dominicana, Venezuela, México y Colombia, para organizar algo así como la contrapartida de la Novena Conferencia Panamericana, que la OEA convocó en 1948 para ser celebrada en Bogotá. Con sus argucias y en esas andanzas, logró que días antes el presidente Rómulo Gallegos lo recibiera y escuchara en Caracas.
Llegó a Bogotá y encontró la manera de metérsele por los ojos a ese gran líder que era Jorge Eliécer Gaitán (a quien admiraba) y se reunió con él. Le habló del congreso de jóvenes y de las intenciones de crear una alianza antimperialista de estudiantes latinoamericanos. Gaitán se dejó ganar por la idea y se ofreció como orador de cierre del congreso estudiantil, que estaba a punto de comenzar.  Junto a Rafael Del Pino y otros dos cubanos, Fidel trataba de generar expectativas y revuelo internacional, cuando el loco Roa Sierra sacudió a Colombia y al mundo entero al asesinar a Gaitán, tras lo cual se desató una ola de violencia que arrasaba todo a su paso.
Castro salió a la calle, se robó un uniforme de policía, agarró un fusil y se puso una gorra. No conocía la ciudad y se movía sin rumbo. Trataba de ser oído por cualquiera y decía que había que empujar los descontentos contra el gobierno del presidente Ospina, a quien calificaba de opresor, explotador e imperialista. Había que derrocar a Ospina y tomar el poder, según el atolondrado estudiante. Pero, por supuesto, nadie lo escuchaba porque las turbas tenían vida propia: incendiaban, saqueaban, mataban y herían.  Lo cierto es que la policía comenzó a perseguir el agitador extranjero, que huyó con sus compinches en un avión que trasladaría unas vacas a La Habana.
Desde esa época el nombre de Fidel Castro ha estado asociado a tumultos, conspiraciones y terrorismo en el Continente. Mucho después fue conocido el patrocinio suyo a las guerrillas en Venezuela y en otros lugares, lo que generó la expulsión de Cuba de la OEA y el bloqueo continental. Y cuando ocurrió el asesinato del presidente Kennedy en 1964, fue mencionado como autor intelectual y, a pesar de los 50 años transcurridos, todavía hay quienes no lo descartan. 
Fidel Castro encarna una figura de doble o triple personalidad, de jugadas y procedimentos inesperados. Seductor sibilino, asesino, conspirador y terrorista nato, que en el ocaso de su vida y ya sin control de los esfínteres, maneja a control remoto al primitivo e ignorante Presidente venezolano. Cada acto del gobierno de Nicolás Maduro se decide en La Habana.
La dictadura diseñada en Cuba para Venezuela ya ha llegado lejos, pero no podrá ir más allá porque Maduro y el desalmado Diosdado solo están asistidos por la fuerza bruta y, sin saberlo, están forzando su suerte a un desastroso final.  Así le pasó a Robespierre, el Padre del Terror.
PD.  A los interesados en conocer las actuaciones de Fidel en Bogotá en 1948, les recomiendo El Bogotazo, memorias del olvido, de Arturo Alape (editorial Planeta), así como el texto del informe elaborado por la comisión especial de Scotland Yard que ese mismo año investigó el magnicidio de Gaitán.