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martes, 18 de diciembre de 2012

Yo y mis otros yo


Ricardo Escalante, Texas
Esta mañana mientras desayunaba con caraotas fritas y deliciosas arepas, el teléfono comenzó a repicar de manera interminable mientras yo me preguntaba quién podía ser. En ese instante me sentía privilegiado por no tener que brincar de un lugar a otro para encontrar un paquete de harina PAN y por andar en la calle sin temor a ser asaltado por llevar bajo el brazo ese valioso paquete de harina PAN.

Con inevitable desazón me levanté de la mesa: “¿Quién jode?”, pregunté en tono desafiante. Con gran desconcierto escuché de inmediato: “Hola Ricardo, soy Ricardo Escalante, ¿cómo estás?”  Sin capacidad de reacción traté de hilar fino, de saber por qué yo mismo me llamaba con un tono de voz distinto.  “¿Estaré enloqueciendo? ¿Habré alcanzado ese estadio superior de los alucinados al estilo de Hugo Chávez? Chávez, como Fidel, ha hecho creer que es capaz de desdoblarse para arrinconar a sus conciudadanos…  ¡¿Pero yooo?!”.

“¿Aló, estás ahí?”, insistía mi otro yo mientras yo apenas atinaba a responder “Sí, sí”…  Fue entonces cuando aquella voz me explicó que en realidad se trataba de un homónimo que había leído uno de mis artículos, y para más señas me dijo “Bueno, yo trabajo ahí donde tu gozas un puyero”… Y como yo seguía sin entender nada hice otro silencio, ante lo cual Ricardo Escalante agregó con aire de gravedad:  “Si, si. Soy ginecólogo”. El diálogo se prolongó por varios minutos que se hacían largos, en los cuales el hombre quería manifestar repugnancia por la irresponsabilidad que hasta en sus últimos y críticos días ha mostrado Chávez.

Pero bueno, después no tuve más remedio que investigar cuántos estamos registrados en LinkedIn con el mismo nombre, para descubrir una lista de más de 25, incluyendo un periodista en Costa Rica, un músico en Nueva York, un laureado académico estudioso de la genómica, un experto en mantenimiento, un profesor de matemáticas y alguien de malas andanzas. En Facebook hay cuando menos 50 y en Google la cuenta se pierde.

Ahh, pero eso no es todo.  Mientras trabajaba para El Nacional en Caracas, una tarde se acercó una secretaria de melodiosa voz e irresistible fragancia para decirme al oído: “Querido, ahí te busca Ricardo Escalante”.  “¿Ahh si? ¿Y para qué me busco?”, inquiero. Su desenfado me dejó perplejo:  “Parece que vienes a pontificar sobre culos buenos”… Sonrió, dio media vuelta y se marchó, circunstancia que, como era lógico suponer, aproveché para extasiarme con el rítmico desplazamiento de su reverso.  Dos minutos más tarde reapareció con un señor que se presentó como el doctor Ricardo Escalante, deseoso de hablar sobre un congreso internacional de médicos especializados en cirugía de cáncer rectal y anal, tema que nunca me ha interesado, pero él quería explicar detalles del mal que a veces perseguía a dictadores.

Pues bien, lo cierto es que esas reflexiones y aquella secretaria de magnífico reverso me han llevado a preguntarme por qué mi madre prefirió estamparme el nombre de Ricardo, en vez de Agamenón, Hermenegildo, Agapito; o hasta Xenón, como el elemento químico de número atómico 54; o el original Usnavy, que por única vez escuché en Maracaibo, y luego supe que en los momentos previos al alumbramiento la madre había visitado el puerto, donde vio un acorazado con la inscripción U.S. Navy.  Allí encontró la clave de lo que tanto había buscado: “¡Bonito nombre: Usnavy! ¡Usnavy!”