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jueves, 21 de mayo de 2015

Wako

Ricardo Escalante
Hace menos de una semana la tranquila Wako, a medio camino entre Dallas y Austin, en Texas, fue escenario del salvajismo de patotas de motorizados que trataban de resolver sus rivalidades a la manera de las películas de vaqueros del Lejano Oeste, a balazos. Es una grave noticia con aspectos dignos de reflexión.
El enfrentamiento dejó nueve muertos y 18 heridos en aquella ciudad de nombre extraño que en sus orígenes significaba “hueco”, recordada también porque en sus inmediaciones un atolondrado que se creía Dios montó una fortaleza, compró montones de equipos bélicos, desafió el poder del Estado y llevó a la muerte a 69 adultos y 17 niños en abril de 1993.
En ambos casos las armas habían sido compradas de manera legal porque existen disposiciones laxas, elaboradas con el criterio de que los derechos individuales deben respetarse con la mayor amplitud posible, es decir, con el concepto de la National Rifle Association y su magnifica capacidad de lobby. Es una libertad que ha conducido a innumerables atrocidades en una nación de cosas buenas y malas.
El centenar de patoteros amantes de Hayley Davidson de elevada cilindrada y ruido atronador, chalecos de cuero con emblemas y frases amenazantes, pelo y barba largos y cabezas forradas con pañuelos, montó su espectáculo malsano en el preciso instante en que los legisladores texanos discuten una ley para permitir a los ciudadanos el libre porte de armas de fuego. Dentro de poco los estudiantes universitarios podrían llevarlas consigo a las aulas.
Esos legisladores, sin embargo, no se han preguntado si estarán convirtiendo en temerarias las objeciones de un profesor al rendimiento de un estudiante que asistido por la ley se presente, revólver al cinto, a reclamar sus “derechos”. Se pretende arraigar más esa sociedad texana en la cual quienes no estén armados deben moverse con cautela, como si fueran delincuentes, porque un loco se les puede atravesar en cualquier esquina.
Aquel Koresh que después de proclamar la monogamia como única forma de vida había pasado a declarar su derecho a 160 esposas, en el 93 protagonizó un enfrentamiento de 50 días con el FBI, mientras los patoteros de ahora lo hicieron entre ellos pero al final de cuentas también demostraron su alucinamiento y potencial destructivo.
Claro, eso ocurre en Estados Unidos, donde existe la  más absoluta libertad de pensamiento y de prensa, donde los problemas se debaten de manera abierta, hay separación plena de poderes y los presidentes no son ni pueden ser dueños de la verdad absoluta. Distinta es la cosa en regímenes autoritarios como el de Venezuela, donde Maduro y su socio Diosdado Cabello son reyezuelos respaldantes de bandas de hampones que, armadas hasta las muelas, intimidan a la población e incurren en asaltos, asesinatos y cualquier otra clase de abusos. Los delincuentes están incrustados en Miraflores y en el tope de la Asamblea Nacional.