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jueves, 21 de mayo de 2015

Dilma la enigmática

Ricardo Escalante

Con su apellido búlgaro Rousseff y a sus 68 años, Dilma es una mujer de encantos y enigmas. Un personaje admirable y censurable a la vez, que con carácter fuerte ha llevado una vida de montaña rusa, con ascensos lentos y descensos vertiginosos.
Desde temprano afloró su debilidad por los asuntos que a todos interesaban y se formó para eso, para dirigir y colocarse en el centro de la polémica. Siempre le interesó la lectura y estudió música. Es culta. Fue a escuelas para niñas de clase media alta y pronto se dejó llevar por devaneos marxistas, pero ha tenido tacto para no arrojar el gigante brasileño por abismos totalitarios ni para declararse presidenta ad infinitum. No. Tolera la disidencia a pesar de su piel sensible a los cuestionamientos. Practica el pluralismo a pesar de haber aprendido a conspirar, manejar un fusil y fabricar bombas.
Cuando su médico le informó que estaba afectada por cáncer linfático y debía someterse a un tratamiento riguroso, escuchó sin mover un solo músculo del rostro, para luego exclamar “¡La vida nunca ha sido fácil!”, frase ilustrativa de una personalidad recia, siempre preparada para lo peor.
Dos matrimonios, dos divorcios, una hija. Aunque se conserva bien y el poder le otorga un aura especial, no se le conocen amoríos. Cuida su vida privada, aunque las consecuencias de su vida pública disten de ser color de rosa.  No otorga magia a lo que toca. A juzgar por los resultados, la formación económica le ha servido poco: Encabezó a Petrobras y de chiripa se libró de ser enjuiciada; en sus dos mandatos presidenciales ha hecho de Brasil un desastre. Los tiempos de desarrollo sostenido, con gobiernos honestos, como en la época de Fernando Henrique Cardoso, quedaron atrás.
El desastre ha sido reconocido hasta por su ministro de Hacienda, el liberal Joaquim Levy, quien con guante de seda ha dicho que la presidenta tiene un genuino deseo de arreglar las cosas, aunque no de manera fácil y efectiva.
Dilma ascendió a la cúspide al influjo del demagogo Lula Da Silva, que ahora desliza su descontento porque ella no se dejó tutelar. Lula siempre fue admirador de antidemócratas como Hugo Chávez y favorecedor de los intereses de la empresa Odebrech, Dilma no. Ella tiene el mérito de reclamar la excarcelación de presos políticos en Venezuela y el respeto a la libertad de prensa. ¡Esa es Dilma!