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jueves, 2 de julio de 2015

Pedro Llorens

Ricardo Escalante
Pedro Llorens ya no será el ejemplo vivo para nuevos periodistas, pero no será olvidado porque muchos vieron sus actuaciones y aprendieron algo esencial: El periodismo desafía al poder y significa abandono de ambiciones individuales.

Claro, debemos admitir que hay quienes con desenfado buscan lo contrario: figuración, ascenso social, riqueza y compromisos con el establecimiento. Pedro era distinto porque había tenido la enseñanza de su padre, el filósofo Rodolfo Llorens, y de ese ilustre forjador de ciudadanos don Pedro Grases. Se había labrado quimeras en esa izquierda de los años 60 que con sus bandazos y torceduras decepcionó a tantos, ante a la cual marcó distancias sin abjurar a sus principios.

En la búsqueda constante no se sentía dueño de la verdad absoluta. No era un apóstata. Entendía el periodismo como el instrumento indispensable para combatir injusticias: Denunciaba abusos policiales, irregularidades públicas y privadas, estafas a la moral y a los derechos colectivos.  Todo con ecuanimidad y sustento, sin ser uno de esos denunciadores de oficio a quienes siempre se les ve la manga. Más allá de su columna estaba la lucha interna en el periódico.

Una de sus premisas era (como debe ser) la desconfianza ante la primera versión oficial, hasta hurgar y llegar a la verdad. Sabía que el poder -sobre todo en autocracias y en el militarismo- tiende a torcer los hechos y que el periodista
está obligado a ser honesto al investigar en cualquier terreno, con equilibrio. Por eso reclamaba el acceso amplio a todas las fuentes posibles y a los reporteros les exigía la verificación y el contraste de la información.

Esa práctica es la que, por supuesto, ha dado grandeza a otros periodistas y medios en distintas partes del mundo. Por eso, Ben Bradlee se transformó en una catedral del periodismo en aquella terrible lucha frente al gobierno corrupto de Richard Nixon en Estados Unidos, e inspiró la autoridad sin precedentes de The Washington Post en el mundo de los medios. Defendió a capa y espada a sus reporteros, que terminaron por defenestrar a ese poderoso Presidente que en la calle llamaban “tricky Dicky”, lo que en pocas palabras quería decir “Nixon tracalero”.  Por eso, aunque Pedro Llorens ya no exista el desafío periodístico tendrá que continuar.

Nota: artículo publicado por El Universal el 2-7-2015