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domingo, 8 de febrero de 2026

¡Pitiyanki, pitiyanki!

En los aciagos momentos venezolanos siempre es saludable recordar al presidente Rómulo Betancourt, a quien los grupos de ultraizquierda de los años 60 tachaban de pitiyanki y planeaban derrocarlo y asesinarlo.

Entre los incesantes golpes de Estado y la acción de guerrillas alimentadas por Fidel Castro, el gobierno de Betancourt tuvo asesoría militar y económica norteamericana, sin que en su naturaleza hubiera tinte alguno de vasallaje. Su política petrolera de “no más concesiones”, de aumento de los ingresos fiscales y de estímulo a la creación de la Opep, fueron demostraciones de su pensamiento, que ya antes había esbozado en el libro Venezuela, política y petróleo.


Betancourt agradeció la ayuda sin postrarse a los pies de los presidentes de Estados Unidos, donde tenía buenos amigos, y supo marcar distancias cuantas veces fue necesario. De igual manera, Carlos Andrés Pérez, el hombre de las grandes transformaciones económicas, de la nacionalización de las industrias petrolera y del hierro y creador la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, actuó en esa misma dirección: jamás dobló la cerviz ni entró por el portón trasero de la Casa Blanca. En una ocasión, inclusive, echó de su despacho al embajador norteamericano y amenazó con romper relaciones diplomáticas si ese señor no era reemplazado cuanto antes. Eran los tiempos de líderes con visión clara, curtidos en interminables batallas, con olfato político afilado.


Ahora, por supuesto, muchos suspicaces ya intuirán con sobrada razón por dónde van mis tiros. Y sí, es verdad, pero lo hago sin intenciones aviesas porque admiro el valor demostrado por María Corina Machado para desafiar al vociferante Hugo Chávez y al estólido Nicolás Maduro, que deshilacharon la economía nacional, la esquilmaron, y derrocharon los recursos nacionales como nunca antes. La posición de Machado ha sido excepcional y su vida no ha estado exenta de graves riesgos. Por eso la respeto y admiro, sí, pero también considero indispensable recordar ciertos errores que a la postre pudieran acarrear elevados costos para ella y para el país.

A raíz de su última reunión con Marco Rubio, María Corina ha insinuado ciertas inconformidades con la postura de Trump y se ha pronunciado por la pronta celebración de elecciones en Venezuela, pero es difícil pasar por alto la sumisión que ha demostrado.  Otra cosa pudo haber sido el agradecimiento sin caer en el vasallaje, sin entregar a Trump la medalla del Nobel a pesar de las llamadas de atención que le hizo la Fundación noruega del Premio, y sin los descomedidos elogios subsiguientes. Aunque no era de su incumbencia, antes había dicho que a Trump le robaron las elecciones que ganó Biden; y cuando los venezolanos inmigrantes eran víctimas de ICE en Estados Unidos, ella hizo como el policía de Valera: miró para otro lado, y se ocupó del asunto cuando ya era inevitable; además, cuando Trump la atacó y calificó de no preparada para ejercer el liderazgo, su reacción fue de sonrisas nerviosas y cambió la hoja.

El desempeño político de María Corina no ha estado exento de otras debilidades: cuando sus contrincantes de la oposición eran liquidados uno a uno, ella no procuró reemplazarlos por jóvenes sólidos para combatir el régimen tiránico. Prefería hacía hacerlo todo sola, y ahora se encuentra con la dura realidad de no contar con una organización robusta que la acompañe, muy a diferencia de Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Rafael Caldera y los comunistas, quienes en medio del combate a las crueles dictaduras del momento, se esmeraban en labrar partidos. Los que han estado cerca de María Corina le atribuyen, asimismo, arranques de intemperancia y autoritarismo.

La única premio Nobel venezolana es inteligente y le queda tiempo para remendar el capote. La pregunta es si está dispuesta a hacerlo. Roguemos que así sea, porque en el campo de la oposición venezolana solo existe su liderazgo y los méritos de su valentía son –hasta ahora–, suficientes para llevarla a Miraflores.