Ojos y oídos de testigo
Prólogo de Beatrice Rangel al libro En voz alta
Cuando a través de ese insufrible intruso que es WhatsApp me llamó Ricardo Escalante para solicitarme el prólogo de su libro En voz alta, la verdad fue que me tomó por sorpresa. Como desde los sucesos que pusieron fin al gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez yo había iniciado un proceso de distanciamiento de la patria de mis padres y abuelos, que me ha llevado a vivir en una suerte de claustro al cual solo ingresan los interesados en la búsqueda de la verdad o del conocimiento, agradecí profundamente la distinción que Ricardo me confería, por cuanto él ha sido uno de los más destacados profesionales del periodismo venezolano.
En Caracas compartí con el amigo periodista muchas gestas informativas que marcaron épocas: la nacionalización de las industrias básicas; la creación de PDVSA, el establecimiento de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, el desarrollo del cinturón universitario, la realización del Primer Congreso de Ciencia y Tecnología y, desde luego, los éxitos de la diplomacia venezolana que se concretaron en la regionalización de la lucha de Panamá por el control del canal interoceánico y el hálito final del proceso de paz de Centroamérica. Siempre admiré la meticulosidad en la investigación y la calidad de la prosa evidentes en los despachos de Ricardo Escalante, que como fuente para investigaciones eran un excelente insumo.
La trágica dinámica de la política venezolana me hizo perder contacto con Ricardo, hasta que un día reapareció en Houston, Texas. Desde entonces intercambiamos con cierta periodicidad opiniones sobre los sucesos que impactan la realidad política y económica de los Estados Unidos, país que experimenta una transformación importante en la medida en que la economía industrial cede paso a la economía digital. Hoy acometo la tarea de contribuir con esta ópera prima, aportando las reflexiones estimuladas por su lectura.
Este trabajo constituye la mejor bitácora de viaje de la democracia venezolana hacia su propia destrucción. En él se aprecian con claridad los hitos que llevaron a la quiebra institucional, el papel de los odios personales en la ruptura de los hilos democráticos; la ausencia de visión del empresariado, la confusión de roles en los medios de comunicación y las infinitas falencias de la dirigencia política.
Con este texto se llena un gran vacío en la narrativa de la crisis venezolana, porque las múltiples obras que recogen el proceso de la caída de la democracia y de la debacle económica, se concentran en la descripción de los procesos económicos o políticos incluyendo los geopolíticos, pero ninguna había descrito lo que es la savia de nuestra República: el comportamiento de las élites y de la sociedad civil. El rol fundamental de las élites y de la sociedad civil fue invocado por Benjamin Franklin cuando respondiendo a la pregunta de un periodista sobre lo hecho por los constituyentes norteamericanos, indicó “Creamos una República, si es que podemos mantenerla”...
En voz alta nos trae un recuento de la colusión de las élites venezolanas para proteger sus intereses parciales en desmedro del orden democrático, sin percatarse de que sacrificaban el interés general de la República y la novel democracia que apenas había funcionado por un poco más de cuatro decenios.
Los intelectuales dieron sustento a la tesis de que el sistema estaba podrido, cuando lo realmente podrido eran las élites, que nunca comprendieron que la democracia es un ejercicio que reclama la sucesión de liderazgos. Muchos jóvenes talentosos tuvieron que conformarse con ser segundones, porque las posiciones cimeras de las instituciones públicas y privadas habían sido ocupadas ad eternum por líderes formados durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que su visión y objetivos vitales carecían de relacionamiento con una realidad mundial que de manera creciente se inclinaba hacia los avances tecnológicos. Igual ocurría en los partidos políticos, cuyos líderes no solo bloquearon la sucesión, sino que se aferraron a políticas económicas de corte presbischiano, cuando la economía internacional y muy particularmente la energética, se encontraban en franca globalización. El sector empresarial venezolano de las postrimerías del siglo XX, salvo contadas excepciones, había logrado desarrollarse gracias al apoyo del Estado. Con la excepción de un empresario controvertido y mediático que había salido a nadar en el mar profundo de la economía más avanzada del mundo, el resto del empresariado venezolano era adicto a la extracción de rentas desconociendo los principios de la creación de riqueza.
Fue así, como bien lo describe Ricardo Escalante, como sucumbió la República venezolana. Las elecciones de diciembre de 1988 fueron la prueba contundente del divorcio entre la sociedad civil y las élites. En esa ocasión hubo una abstención del 43%, que fue mayoritaria en los estratos C, D y E de la población. Fueron los estratos A y B, que reúnen a las elites del país, los que concurrieron mayoritariamente a votar, y aunque tenían una opción de progreso encarnada por Henrique Salas Römer, escogieron una de retroceso e implosión. La alternativa seleccionada estaba, además, vinculada a uno de los más oscuros intereses regionales. Fidel Castro, líder de Cuba, había puesto sus ojos sobre Venezuela desde los años cincuenta. Su idea era acceder a las fuentes de energía del continente y, por esa vía, al control económico de la región. En 1999 el recién ungido líder de Venezuela, Hugo Chávez, le abrió las puertas a su plan de ocupación. El resto de esta historia se conoce ampliamente porque nunca hubo en el hemisferio occidental una destrucción tan masiva de un Estado sin que mediara guerra o conflicto interno armado.
Otro aspecto fundamental de En voz alta es la descripción del proceso de formación y desarrollo de la clase media venezolana. A partir del perfeccionamiento de la infraestructura vial y económica que realizan los gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, el país comienza a insertarse en el progreso. La presencia de las empresas petroleras con campos donde los empleados eran dotados de vivienda y de infraestructura educativa y recreativa, además de los servicios de seguridad social, establecía un modelo de gestión moderno e incluyente, contrastante con los sistemas feudales de Venezuela.
Con la apertura de universidades, la dinamización del crecimiento en la medida en que el petróleo se enseñoreaba en la matriz energética mundial, se abrían aún más los cauces de las relaciones económicas, culturales y sociales internacionales a la clase media venezolana, que termina por adoptar los métodos de trabajo y el comportamiento de países como Estados Unidos. Esa clase media desarrolla dos elementos fundamentales para toda democracia.
El primero es el apego y valoración de la libertad, el segundo es la conciencia de sus intereses. Por ello no acompaña a las élites en el proceso de defenestración de la democracia y ha sido la protagonista de la gesta cívica más hermosa del Continente. A lo largo de casi treinta años ha protestado cívicamente, ha puesto sus hijos a combatir en el frente de batalla en que ha perdido a muchos y ha recurrido a todas las instancias internacionales en búsqueda de justicia. Resiste los acosos del gobierno que incluyen espantosas torturas, desapariciones y encierros. Hoy se ha agrupado detrás de un liderazgo en que se siente retratada: el de María Corina Machado. El retrato de esa sociedad civil está muy bien logrado en esta obra.
En voz alta sirve y servirá siempre a dos propósitos: el primero es emocional. Los venezolanos podemos decir que no ha habido una sociedad civil más gallarda que la nuestra y por ello las esperanzas de recuperación de la libertad no mueren. El segundo es comprender que en América Latina todavía sobreviven estructuras institucionales feudales que promueven el corporativismo y el mercantilismo.
En lo político el corporativismo es excluyente de la participación y por ende de la formación democrática. En lo económico el mercantilismo impide la competencia y promueve la extracción de rentas, con lo cual las economías raras veces desarrollan su potencial. Por tanto, vivimos en un continente lleno de economías parapléjicas que son incapaces de absorber la mano de obra que genera cada nación. Y es así como acumulamos pobreza. Al no haber competencia no se produce la renovación tecnológica, y al haber protección del Estado los eslabones de la cadena de valor global nunca se asientan en nuestras naciones. Por eso no logramos hacernos parte de las economías avanzadas.
La tarea fundamental de quienes lean En voz alta deberá ser el inicio de un plan de apoyo a esa clase media gallarda que tan bien retratada allí se encuentra, porque ella es el reflejo de la personalidad del autor. Solo personas como Ricardo Escalante podrán reconstruir una Venezuela de libertad sólida en la que la sociedad civil logre sustituir las instituciones del medioevo por instituciones del siglo XXI.
Beatrice E. Rangel,
Exviceministra de la Secretaría de la Presidencia,
Exministra de la Secretaría de la Presidencia,
Consultora internacional de negocios
Miami febrero de 2025

