La característica histórica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina son los desencuentros, que en muchas oportunidades han terminado en la imposición de regímenes obedientes a Washington y en inevitables y prolongados resentimientos de los sojuzgados. Ese es el caso actual de Venezuela.
La ausencia de estructuras económicas sólidas y la falta de acceso a los grandes mercados, ha hecho que en los países situados al sur del Río Grande no existan perspectivas de creación de un nuevo centro de poder y que, por lo general, las ventajas terminen a favor del lado fuerte.
Brasil, México y Argentina –los países con las mayores extensiones territoriales y poblacionales de la región–, han experimentado momentos halagüeños desperdiciados en torpes experimentos populistas. Por eso, no es equivocado decir que hasta ahora no hemos tenido un solo caso de progreso equiparable al de los tigres asiáticos en los años setenta, y menos aún al formidable milagro chino iniciado en 1978 por Deng Xiaoping.
Venezuela, en ese sentido, no se diferencia de los demás. Durante más de un siglo ha vivido presiones y equivocaciones, unas peores que otras, siempre con los hidrocarburos en el centro del debate y con las empresas transnacionales como usufructuarias de la riqueza. No obstante, sería exagerado afirmar que todo ha sido malo, porque también hemos disfrutado períodos de entendimientos beneficiosos para ambas partes.
Para examinar el panorama a nivel regional y sobre todo venezolano debemos empezar por reconocer el enorme peso geopolítico de Estados Unidos, porque quienes se han creído capaces de desconocer y desafiar esa realidad han salido con las tablas en la cabeza a la hora de las negociaciones de acuerdos económicos y políticos.
Entre fuerte y dulce…
A comienzos del siglo XX una nación tan privilegiada por la naturaleza como la venezolana empezó a transitar el camino de la soberanía con modestos avances legales en materia petrolera hasta llegar a 1943, cuando el gobierno del presidente Medina Angarita consagró el impuesto del 50-50 en la ley de hidrocarburos para el reparto equitativo de las ganancias entre el Estado y las compañías extranjeras, pero su aplicación se hizo efectiva a partir de 1948. Antes Juan Vicente Gómez había dado algunos pasos.
La junta de gobierno del trienio 1945-1948 estableció modificaciones sociopolíticas que mejoraron la vida y los derechos políticos de los venezolanos y, al llegar la democracia en 1958 y años más tarde –ya en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974–1979)–, los altos precios del petróleo ocasionados por la guerra del Yom Kipur dieron lugar a un clima favorable a grandes transformaciones económicas y sociales.
En esas circunstancias ocurrieron las nacionalizaciones de las industrias petrolera y del hierro y en 1976 fue creada Petróleos de Venezuela S.A. (Pdvsa), sin que las relaciones políticas y comerciales con Estados Unidos se vieran amenazadas. No hubo conflictos porque al pasar a manos del Estado el control de la industria de los hidrocarburos, las corporaciones transnacionales fueron indemnizadas. Pdvsa demostró en poco tiempo eficiencia y creció de manera ejemplar, hasta llegar a ser en una de las compañías más exitosas del mundo.
La bonanza petrolera abrió el camino para el auge. Surgieron fábricas productoras y exportadoras de cemento y de cerámicas, se desarrolló la industria metalúrgica y aunque no se logró una industria automovilística propia, se levantó ensambladora de autobuses que penetró el mercado latinoamericano y el conglomerado industrial de la Corporación Venezolana de Guayana atravesó una etapa dinámica. En otros terrenos hubo también cierto grado de prosperidad.
Los lapsos de entendimiento y mutua cooperación entre los dos países se han extendido incluso a la búsqueda de soluciones a problemas de otras naciones del Continente, tal como ocurrió en las negociaciones de la transferencia de soberanía del Canal interoceánico a Panamá en 1977 y la guerra en Centroamérica.
Los nuevos tratados del Canal fueron suscritos bajo la presidencia del demócrata Jimmie Carter en un proceso en el cual Carlos Andrés Pérez jugó un papel fundamental, al igual que en las negociaciones de pacificación centroamericana, que se desarrollaron durante las presidencias de los republicanos Reagan y George H. Bush.
Republicanos y demócratas
Los procesos más saludables de intercambio entre Estados Unidos y la región en el último siglo, se vieron, sobre todo, en los mandatos de presidentes demócratas, que han demostrado mayor disposición al diálogo y a los entendimientos. Y aunque las mayores tensiones, distanciamientos y rupturas, han ocurrido con líderes republicanos, es necesario advertir que ni unos ni otros han estado exentos de la tentación de las invasiones militares.
En dirección positiva se pueden citar los gobiernos de Franklin Roosevelt (1933-1945) con su política de Buena Vecindad en América Latina, que puso fin a una etapa de invasiones militares y amenazas constantes. En sus dos años de ejercicio, John F. Kennedy (1961-1963) puso en práctica el programa de cooperación denominado Alianza para el Progreso; Bill Clinton (1993-2001) promovió un tratado continental de libre comercio y la convocatoria de la I cumbre presidencial de las américas, además de implementar la transferencia de la soberanía del canal a Panamá (ya acordada en el gobierno del también demócrata Jimmie Carter); y Barak Obama (2009–2017) se empeñó en el estímulo de las democracias.
Ahora bien, Kennedy autorizó la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, en la cual cubanos entrenados y armados por la CIA intentaron derrocar a Fidel Castro. El sucesor de Kennedy, Lyndon Jhonson, ordenó la invasión a República Dominicana en 1965; y el siempre sonriente Clinton ideó la invasión de Haití en 1994 para reponer a Jean-Bertrand Aristide en la presidencia de la depauperada nación.
Las experiencias más amargas han profundizado sentimientos de repulsa hacia los norteamericanos, hasta el punto de arraigar la creencia de que solo buscan el dominio territorial y la expoliación de los recursos naturales de los vecinos.
En el gobierno del general Dwight Eisenhower, entre 1953 y 1961, la acción de los hermanos John Foster Dulles en el departamento de Estado y Allen en la CIA contribuyó a sembrar en los latinoamericanos la idea del propósito imperialista, que se remonta a los orígenes de la doctrina Monroe en 1823.
Los hermanos Dulles respaldaban dictaduras y eran promotores de los atropellos de las bananeras en Centroamérica y de otras empresas en el resto del Continente, dejando una larga y triste historia de violaciones a los derechos humanos. La operación militar de mayor resonancia de entonces fue el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala, cuyas simpatías comunistas eran obvias, pero se abstuvo de implantar un régimen totalitario debido a la resistencia de las fuerzas armadas.
Las tareas internacionales del vicepresidente Richard Nixon eran entonces claves para la administración norteamericana, y aunque él no condecoró al dictador Pérez Jiménez con la Legión al Mérito en 1954, fue repudiado en forma ostensible. El 13 de mayo de 1958 fue agredido en las calles de Caracas por turbas organizadas por la juventud del Partido Comunista y miembros del ala izquierdista de Acción Democrática. El incidente estuvo a punto de provocar una invasión, y de interrumpir la democratización que los venezolanos iniciaban con ilusión.
Nixon y su esposa venían de condecorar al despiadado Alfredo Stroessner en Asunción, Paraguay, cuyo régimen sojuzgó por casi 35 años al país sureño con el apoyo norteamericano. El ataque a Nixon fue uno de los primeros síntomas de la inclinación de los izquierdistas venezolanos hacia hechos violentos, que más adelante fueron patrocinados por Fidel Castro.
En los siglos XIX y XX hubo guerras promovidas y financiadas con participación norteamericana, como la de Guatemala, que entre 1954 y 1992 dejó más de 200 mil muertos; la de El Salvador, que entre 1980 y 1992 ocasionó unos 75 mil muertos; la de la Contra en Nicaragua, a raíz del triunfo sandinista en 1979 y que se prolongó hasta 1989 y arrojó más de 50 mil muertos.
La intervención de la CIA para derrocar al presidente chileno Salvador Allende fue escandalosa. Allende había establecido un régimen orientado hacia el comunismo y desató una feroz lucha interna de clases, frente a lo cual el gobierno del presidente Richard Nixon organizó y financió la subversión, hasta provocar el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, protagonizado por Augusto Pinochet, quien instauró una feroz dictadura que en 17 años dejó miles de muertos, desaparecidos y torturados.
El vociferante Chávez
En la extensa lista de intervenciones militares y apoyos norteamericanos a golpes de Estado en Latinoamérica, podemos mencionar los casos de Panamá, Nicaragua, Haití, Jamaica y República Dominicana, sin que hasta ahora se hubiera registrado ninguno en Venezuela.
Con la operación de captura de Nicolás Maduro y su mujer en enero de este año, Donald Trump revivió la idea del “América para los americanos” –establecida por James Monroe en diciembre de 1823–, y le dio a Venezuela el carácter de un protectorado. La vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez y su hermano Jorge desde la Asamblea Nacional, se pusieron al servicio incondicional del trumpismo, mientras la oposición ha demostrado falta de entereza para salir al paso a la dominación.
La deplorable situación de Venezuela fue fruto de una prolongada cadena de conspiraciones civiles y militares contra el presidente Carlos Andrés Pérez y contra la democracia. El desprestigio de las instituciones nacionales condujo a la elección de Hugo Chávez, visto por los venezolanos como el mesías después de su golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.
Con la influencia determinante de Fidel Castro, el ascenso del militar marcó el inicio del deterioro progresivo de las relaciones con Estados Unidos, hasta llegar a la ruptura el 11 de septiembre de 2008, en la administración de George W. Bush. Chávez gritaba “¡Yankis de mierda, váyanse al carajo, que aquí hay un pueblo digno!”…
El teniente coronel expropiaba propiedades de particulares venezolanos y de compañías norteamericanas, en una sucesión de hechos que produjo costosas demandas internacionales, en las cuales el país ha perdido miles de millones de dólares y estancado la economía. El retroceso se profundizó con el fraudulento ascenso del estólido Nicolás Maduro a la presidencia, lo que pavimentó la vía para la acción militar de Donald Trump.
Venezuela vive ahora en la miseria y con millones de ciudadanos en el exilio. Los servicios públicos no funcionan, no hay empleo y la economía no arranca, al tiempo que los ciudadanos se aferran al mesías –como ocurrió con Pérez Jiménez en 1968 y con Chávez en 1998–, que en esta oportunidad es encarnado por una señora comprometida con los intereses de Estados Unidos. ¿Qué nos espera entonces? ¡Qué Dios nos agarre confesados!

