Las críticas a la Opep han estado a la orden del día desde hace un buen tiempo, pero nunca como ahora había habido objeciones a los beneficios cosechados por Venezuela en esa organización. Es más, cada día cobra mayor fuerza la tesis de separarnos de ella para suministrar hidrocarburos a Estados Unidos al margen de los dictados del mercado internacional.
En los 65 años de existencia del cartel ningún venezolano de peso había proclamado con desembozo los supuestos perjuicios ocasionados a nuestros intereses nacionales y, por el contrario, siempre se dijo y creímos que los aspectos favorables reinaban por encima de las discrepancias entre los países miembros.
En las decisiones emanadas de las conferencias de ministros de la Opep jamás dejamos de ver algo que nos permitiera más y mejores ingresos y que, por supuesto, nos ayudara a hacer avanzar las condiciones de vida de la población. Pero ahora hay voces interesadas en convencernos de que la Opep ha sido el más descomunal de los errores de la historia venezolana. Sí, a ese punto hemos llegado.
Las concepciones de Rómulo Betancourt y su ministro Juan Pablo Pérez Alfonzo no fueron arrebatos emocionales. No, nada de eso. Ellos, que observaban la acción del formidable músculo económico de las Siete Hermanas en el mercado internacional de las materias primas, no vacilaron en luchar a brazo partido contra la inequidad. Por eso me cuesta trabajo creer ahora que algo anduviera mal en las cabezas de Betancourt y Pérez Alfonzo, y que al ingeniar la Organización de Países Exportadores de Petróleo lo hicieron con cálculos descabellados.
Hasta entonces las reglas de juego eran impuestas por las transnacionales con respaldado de gobiernos de naciones desarrolladas y fue, a partir de ese instante, cuando la unidad de los productores comenzó a proyectar su influencia en forma progresiva. En 1960 los precios del petróleo estaban entre 1.90 y 2.97 dólares por barril, dependiendo de su calidad, lo que hoy sería equivalente a cifras entre 15 y 30 dólares.
Después de prolongadas conversaciones y estudios del panorama energético, Pérez Alfonzo y su contraparte de Arabia Saudita, Abdullah Tariki, formalizaron la creación de la Opep, que arrancó con cinco socios (Venezuela, Arabia Saudita, Iraq, Irán y Kwait) y pronto se agregaron otros. Así nació la Opep y con ella un nuevo y potente actor que revolucionó el mundo.
Es verdad que para Venezuela aquello significó una alianza con competidores del Medio Oriente, con quienes resultaba inevitable establecer cuotas de producción. Venezuela había sido antes el segundo productor mundial de crudos y cuatro años después había descendido al cuarto puesto, pero eso bien puede atribuirse a faltas de visión de nuestros gobernantes que no propulsaron inversiones para disparar la producción y construir nuevas refinerías.
No imagino la reacción de Carlos Andrés Pérez si alguno de los presidentes de la estatal Petróleos de Venezuela o uno de sus ministros de energía hubiese tenido el atrevimiento de proponerle el abandono de la Opep. Y no descarto que le hubiese propinado una patada por el fundillo, pero ahora uno de esos señores afirma que la fundación de la Opep fue “un error garrafal”. ¡Habrase visto!
En los últimos 65 años se ha demostrado la trascendencia de la Opep, de la nacionalización de las industrias del petróleo y del hierro y la compra de Citgo para garantizar el suministro de crudos a refinerías en el exterior cuando los precios se desplomaban. Cada una de esas medidas cumplió su cometido y quien afirme lo contrario es ciego.
Hubo también iniciativas audaces como un acuerdo de triangulación con la Unión Soviética, mediante el cual ésta suministraba petróleo a España a nombre de Venezuela, mientras nosotros hacíamos lo propio con Cuba, lo que nos permitía ahorros importantes de fletes.
Tampoco podemos olvidar etapas como la guerra del Yom Kipur en 1973, cuando un embargo decretado por los países árabes provocó una crisis económica mundial de proporciones extraordinarias y los precios del petróleo se cuadruplicaron, con la consecuente bonanza para Venezuela.
Todo lo anterior y otras razones, como la firmeza de Carlos Andrés Pérez en su segundo gobierno para elevar las exportaciones petroleras (su meta era subir la producción a diez millones de barriles por día), pavimentaba el camino para dar solidez a la economía del país. Ah, pero los conspiradores civiles y militares se interpusieron y hoy sufrimos las consecuencias. De esa Venezuela hablo en mi libro En voz alta, publicado hace poco a través de Amazon.

